martes, 7 de agosto de 2018

DISIPADOR DE TINIEBLAS. Mi encuentro con Sergiu Celibidache.


Mi encuentro con Sergiu Celibidache
Disipador de Tinieblas
(primera parte)
por Sergio CÁRDENAS*

Pocos meses después de haber llegado a Salzburgo para continuar mis estudios en la entonces Hochschule für Musik “Mozarteum”, conocí en Viena a Fernando Ávila Navarro, quien a la sazón se desempeñaba como Agregado Cultural de México en Austria. Esto debe de haber sucedido hacia finales de 1974 o principios de 1975. Entablamos de inmediato una amistad que, para mi fortuna, sigue vigente al día de hoy.

Desde nuestra primera conversación, Fernando, al enterarse de que yo  estaba estudiando la carrera de dirección orquestal en el Mozarteum, me habló de Sergiu Celibidache, un nombre del que yo, hasta ese momento, no había oído jamás. Fernando se explayaba con entusiasmo y lujo de detalles describiendo la casi indescriptible bendición para la música que constituía Celibidache: su profunda musicalidad, su conocimiento que bordaba en la dimensión cósmica, su grandiosa capacidad para compartir sus periplos en las entrañas musicales con el vocabulario más sencillo y más elocuente. Y, desde luego, de su profundo sentido de humanidad, siempre empático, sensible, constructivo y coherente en todo lo que emprendía.

Así sucedía cada vez que tenía oportunidad de conversar con Fernando. Me hablaba de los legendarios curso de verano en la Accademia Chigiana, de Siena (Italia), de las veces que Celi (así nos empezamos a referir al Maestro) estuvo en México (adonde llegó por invitación del entonces líder sindical de los músicos de la Ciudad de México, don Juan José Osorio) dirigiendo la entonces Filarmónica de la Ciudad de México (década de los ’60), del paso de Celi ante otros organismos orquestales, etc.

Comprenderá quien esto lee que mi interés por conocer a Celi crecía día tras día. Pero en Salzburgo, donde yo residía, el “amo y señor” del devenir musical era Herbert von Karajan y Celi estaba, de hecho, vetado en esos ámbitos. Todo giraba alrededor del tremendo negocio que Karajan había logrado desarrollar con la participación de compañías disqueras, festivales, etc.  Por lo tanto, pensar en la opción Celibidache era algo así como arriesgarse al ostracismo del mundo musical imperante. Pasaron aún muchos años hasta que, por ejemplo, Harnoncourt fue “aceptado” en Salzburgo, donde “tuvo” que empezar como profesor de asignatura en el Mozarteum, antes de poder presentarse en público con su ya para entonces muy reconocido ensamble “Concentus Musicus Wien”.

A principios del año 1977, el violonchelista norteamericano Michael Flaksman, me comentó que para el siguiente mes de febrero, Celi estaría en Stuttgart como director huésped de la Orquesta de la Radio del Suroeste, una excelente orquesta, por cierto. Flaksman había llegado a Salzburgo un par de años antes como alumno del gran violonchelista italiano Antonio Janigro, de quien al poco tiempo se convirtió en su asistente. Cuando dirigí mi primer concierto como Director de la Sinfónica de la Hochschule Mozarteum, Flaksman fue el solista del Concierto en Re-mayor, de Haydn. Desde entonces entablamos una bonita amistad. Yo ya había compartido con Flaksman mi interés en conocer a Celi y como Flaksman residía en Stuttgart, cuando me comentó que Celi estaría allá, también me ofreció su departamento para toda la semana en la que Celi estaría trabajando con la orquesta: “Yo estaré fuera, de gira concertística”, me dijo.

Para enero del año 1977, ya llevaba yo año y medio como director de la orquesta del Mozarteum.  Por razones que en su momento no alcanzaba a explicarme, pasaba yo por un momento musical bastante crítico: de repente, me había yo vuelto muy inseguro en todo lo que tenía que ver con la dirección, no encontraba el “tempo” de las piezas y, peor aún, se me dificultaba mucho comunicar, dirigiendo, lo que yo pensaba que era el “tempo”. Empecé a titubear mucho sobre las cuestiones del fraseo, de las arcadas,  el misterio de la sonoridad musical se volvió insondable, cuál debe ser el tipo de ataque y cuál la respiración que corresponde, de la concepción musical de figuras rítmicas, etc. Así que cuando Flaksman me habló de la posibilidad de conocer a Celi en Stuttgart y recordando vividamente todas las maravillas que el buen Fernando me había contado, decidí hacer el viaje a Stuttgart. Arreglé en el Mozarteum los pendientes de la semana respectiva y partí hacia la capital del estado de Baden-Würtenberg, a las márgenes del río Néckar.

Bastaron unos cuantos compases de la obertura a “La forza del destino” (Verdi), con la que Celi empezó el ensayo, para darme cuenta de lo mucho que me había perdido hasta ese momento. En Salzburgo, desde la primavera del año 1974, nunca me perdí de  ensayo alguno ni concierto u ópera con Karajan y su Filarmónica de Berlín. A Salzburgo llegaban todas las orquestas y solistas famosos: asistí (claro, clandestinamente) a todos esos conciertos. Se trataba de orquestas europeas de gran calibre. Una vez logré colarme al concierto de la Filarmónica de New York, dirigida por Bernstein, en la Sala Bruckner, de Linz, en la Alta Austria. Pues aún con todo ese bagaje en mi memoria musical, lo que estaba yo descubriendo en Stuttgart gracias a la magia de Celibidache, no tenía punto alguno de comparación: expresividad orgánica, balance perfecto, suavidad o arrojo según lo demande la pieza, direccionalidad del devenir musical, cantabilidad italiana (en la obertura) y, con mayor sorpresa aún, una técnica de dirección incomparable, impecable. Tras ensayar Verdi, Celi siguió con la Cuarta Sinfonía de Brahms, que yo pensaba haber ya estudiado a fondo y sobre la que Celi me desveló mundos sonoros y expresivos que yo (¿cómo era eso posible???) desconocía.

Ese ensayo, primera vivencia con Celi, cuestionó de manera absoluta todo mi devenir musical hasta ese momento. La situación “empeoró” cuando, al terminar el ensayo, varios de los jóvenes aspirantes a directores que habían presenciado como yo el ensayo, me invitaron a pasar con ellos al camerino del Maestro: “Después de cada ensayo, él está siempre dispuesto a responder cualquier pregunta relativa al ensayo y, a veces, incluso a dar una pequeña clase de técnica de dirección”, me dijeron.  Fui con ellos con enorme emoción e ilusión, a la vez con temor tras sentirme profundamente cuestionado en el ensayo recién vivido.

En ese momento, en febrero del año 1977, yo contaba con 25 años de edad; había concluido en Princeton, NJ (USA) los estudios de Maestría en Dirección Coral (1973) y había concluido, con mención honorífica, la Carrera de Dirección Orquestal (1975) en el Mozarteum.  Ya en el camerino con Celi, él nos empezó a hacer preguntas sobre el ensayo, algunos hicieron otras preguntas sobre lo mismo, y yo, sentado en un rincón escuchando con devoción y temor, entendía poco de lo que estaban hablando: la direccionalidad del fenómeno musical, su espacialidad, sus tensiones y distensiones, sus articulaciones grandes y las pequeñas, su estructura instrumental, el efecto de la presión vertical sobre la horizontal, etc, etc. Y yo, oyendo todo eso sobre lo que ningún profesor hasta ese momento me había hablado ni tampoco ningún director de orquesta había logrado comunicar (¿lo habrán sabido?), me preguntaba: “¿Qué he hecho en todos estos años? ¿Cómo es que yo, con una Maestría del mejor colegio coral de los USA y un título en dirección orquestal otorgado con mención honorífica por el legendario Mozarteum, cómo es que yo, decía, nunca me había enterado de toda esa riqueza musical y, por lo tanto, humana?”

Y luego, cuando el Maestro anunció que revisaría algunos aspectos de la técnica de dirección orquestal, pues casi fue el acabóse para mí: hasta ese momento, yo era considerado (casi) como una estrella de la dirección musical. Y hete aquí, que al empezar la revisión celibidachiana, yo ni siquiera sabía qué postura debería tener mi cuerpo para poder dirigir, ni cuál era el principio básico del movimiento de los brazos y manos en la dirección (“debes dirigir siempre la arcada”, decía el Maestro) y, por lo tanto, a lo más que llegaba era a más o menos “aletear” pensando que eso era dirigir.  Se habló en esa breve sesión de los puntos de la figuras de la dirección, de la decisiva importancia de la anacrusa, de la correspondiente proporción del movimiento y, a vuelo de pájaro, de cómo aplicar todo eso al ejercicio musical de tal manera que no se volviese un fin en sí mismo. “No has aprendido a manifestar una relación de tus movimientos con el fenómeno sonoro: tus movimientos deben propiciar el fenómeno sonoro que la obra tiene en sí misma, y no sólo fungir como si fueras agente de tránsito”, me dijo el Maestro.

Tras estas tremendas vivencias en tan sólo medio día, me vi enfrentado al dilema de seguir haciendo todo como hasta ese entonces y por lo que ya había recibido muchos elogios, o, una vez descubiertas las entrañas del quehacer musical, una vez que el Maestro había disipado las tinieblas que  impedían que me diera cuenta de todo ello, abandonar o desechar casi todo lo hasta entonces aprendido y, de plano, empezar de nuevo: se trataba de una decisión de vida. Así que cuando el Maestro, al término de ese primer encuentro, anunció que impartiría un curso en la Universidad de Tréveris (Trier, Alemania) en los meses de marzo y abril siguientes, de inmediato decidí asistir a ese curso (duraría 5 semanas!) que, seguro como ya lo estaba, sería de medular significado en mi desarrollo.

Para asistir a ese curso, tenía yo que resolver lo relativo a las actividades que ya tenía programadas con la Orquesta del Mozarteum, entre otras una grabación para la Radio Austriaca del Concierto para piano y orquesta, en Sol-mayor, de Ravel, con una alumna destacada del Mozarteum. Pero para mí la asistencia al curso de Celibidache tenía el primer lugar en la lista de prioridades: si no conseguía permiso del Mozarteum para ausentarme esas 5 semanas, yo estaba dispuesto a renunciar a ese contrato. Hablé entonces con quien había sido en el Mozarteum mi profesor de dirección y de composición, Gerhard Wimberger: le transmití con detalles la vivencia de Stuttgart y mi interés absoluto para estar en el curso de Celi. “No te preocupes”, me dijo, “ese curso es muy importante para ti y no lo debes perder. Yo te voy a suplir en todo lo que tengas programado y hablaré con el Rector del Mozarteum para que autorice tu permiso”. Así sucedió, para mi enorme fortuna.

En otro escrito abordaré las vivencias del curso de Celi en Tréveris, vivencias que llenarían todo un libro, por su cantidad y calidad.  Agradezco a Flaksman la generosidad que me permitió estar en Stuttgart en aquella semana que se convirtió en crucial para mi vida. Y al gran amigo, ahora fallecido, y brillante compositor austriaco Wimberger, por el invaluable apoyo que me permitió asistir al inolvidable y aún asimilable curso de Celibidache en Tréveris en marzo-abril de 1977. Y, desde luego, al amigo Fernando Ávila Navarro, por la generosidad que permitió que me acercara y conociera la genialidad celibidachiana. +++


·       Compositor musical y director sinfónico; Director Artístico fundador de la orquesta de cámara Consortium Sonorus; Presidente de la promotora Música de Concierto de México, S.C.

©Sergio Ismael Cárdenas Tamez; Ansbach, Alemania, el 5 de agosto de 2018.



martes, 19 de junio de 2018

Pommersfelden 2018


Con particular alegría anunciamos nuestra participación en la 60ª edición de la Academia Internacional de Verano del Castillo Weissenstein, de Pommersfelden, Alemania. Además de nuestra aportación a diversos conciertos de música de cámara, estaremos formando parte de la orquesta COLLEGIUM MUSICUM, que durante las cuatro semanas de duración de la Academia, preparará el mismo número programas orquestales conducidos por otros tantos directores. El concierto inaugural será conducido por Sergio CÁRDENAS. Las localidades para los dos conciertos públicos a su cargo, están agotadas. Ha faltado incluir la foto del clarinetista Luis Miguel FLORES, quien se encuentra concluyendo sus estudios de maestría en Francia. Ya compartiremos las experiencias vividas en esa prestigiada Academia, cuando regresemos a México, a mediados de agosto próximo.

La programación general de esta edición puede ser consultada en el sitio

https://www.collegium-musicum.info/index.php/de/konzertprogramm 


                                                              Assaet MÉNDEZ (trp)

                                                              Alejandro COLÍN (vln)

                                                         Elihú Ricardo ORTIZ (fg)



                                                                  Sergio CÁRDENAS

lunes, 4 de junio de 2018

Sergio CÁRDENAS: Cinco Poemas


SERGIO  CÁRDENAS

Cinco  Poemas


Nuestro Mundo
Entre el deseo y la renuncia
la esperanza del caminante.
Un instante silencioso
transcurre entre aspiración y espiración 

En la profunda quietud
de tu corazón invernal suena con precisión
la palabra verdadera


Tenemos nombre cuando aún no somos 
pero el espíritu continúa cavando
ese cielo que se nos niega:
vanidad de la esperanza

vacuidad de la expectación

Con el tiempo aparecerá el alma 
porque olvida y porque cuenta
los días inolvidables
Celebrará la armonía oculta 

evitando desaparecer en lo insonoro

Lo disperso, casi invisible casi inaudible
te dará el conocimiento 

que te mantendrá a flote 
Saber de uno mismo
es saber qué es la muerte

Tu silencio
me hace escuchar hacia adentro 

donde tu canto
se asienta en mi oído
y convierte su mundo
en nuestro mundo 



La Voz y la Mirada de Otrora

Antes
tus ojos café
eran la entrada a un bosque
en el que los cálidos rayos del sol
y la luz azul de la luna
se colaban por entre árboles frondosos 

y creaban una atmósfera íntima e inmensa 
que sonreía desde adentro transmitiendo calor, 
serenidad, siempre radiante de alegría.

Antes
tu voz
era diáfana y límpida, 

emergía de cuerdas vocales afinadas, 
portaba un aliento de vitalidad, 
contagiaba simpatía, compartía sentimientos puros,
le cantaba a la vida y al amor, 

hablaba de la amistad que perdura, 
era conciliadora y firme, resonaba en todo tu ser.

Hoy
tus hermosos ojos café
han dejado de brillar como otrora
y aquel bosque inmenso e íntimo
ha empezado a desaparecer.
La alegría luminosa y seductora
se aleja cada vez más de tus ojos
que ahora miran como si fueran de otro ser 

hacia un horizonte nebuloso e indefinible, 
acaso vacío, gélido, desprovisto de amor.

Y tu voz
ya no vibra de emoción
ni es resonancia de tu ser;
ya no canta con aliento de vida
ni con melodías de amor.
Cuenta de amistades acabadas
y de frivolidades existenciales,
ha eliminado el sentimiento de su expresión 

y se pierde en el lugar común, insulso y hueco.

Da tristeza ver
cómo al pisotear sentimientos
que todos se te ofrendaron
con la voz y la mirada, 

destruiste tu capital emocional más valioso 
y te volviste otro ser 
colocándote máscaras a las que diste una mirada y una voz 
que no son las tuyas ni las de ellas.

Al abrir los ojos y la boca
no sólo descubrimos un mundo
sino que también un mundo nos descubre. 

¿Dónde dejaste, abandonadas,
tu voz y tu mirada de otrora? 




La Búsqueda Inútil

Las olas de la existencia
me depositaron una vez en tus playas 
nogadas y límpidas,
en la oscuridad de una noche septentrional 
poblada de astros luminosos en las alturas
y de un vacío estremecedor
que ocupaba tus costas y tu tierra de adentro.


Recorrí tus playas en la luz y en las sombras.
Construí sobre ellas castillos que quería habitásemos. 
Sembré en ellas flores y frutas
para que nos dieran una vida exuberante y perfumada. 
Me extendí sobre ellas 
para embriagarme con la energía solar
y para sentir la alternancia de mis latidos,
los latidos del mar y tus latidos.


Deseé que más allá de tus playas
se encontrara la tierra fértil
que hace que se reproduzca y crezca
lo que en ella se siembra con esperanza 
y se cultiva cotidianamente con el amor 
que respeta, admira, proteje y acaricia.

Inútil fue mi búsqueda de esa tierra. 
Las mismas olas que una vez
me depositaron en tus playas,
se llevaron consigo los castillos
y las semillas de flores y frutas
y borraron las huellas
que mi cuerpo había dejado en tus playas 
con la misma indiferencia
con la que me habían depositado en ellas.


Ahora he regresado al mar de la existencia
a buscar otras olas que no me lleven a tus playas,
que no se transformen en corrientes de agua fría 
que congelen mi corazón,
sino que me depositen en otras tierras 
donde pueda sembrar y cultivar, 
donde pueda cuidar y crecer,
donde pueda amar.




El Puente
 Entre tu horizonte y el mío 
hay tantos años 
como caben en una historia.
¿Serán esos años un abismo?


Esas primeras dos orillas
que marcan nuestro deambular aquí, 

sostuvieron una vez un puente
que construimos con sonrisas y viajes, 

que adornamos con camisas y canciones, 
que iluminamos con nuestros ojos
a la luz de la luna y del alba solar.


Los puentes, ¿cuelgan en el aire?, 
¿descansan sobre sus extremos? 
Los puentes, ¿van o vienen?. 
¿Son fronteras o son puertas?

Un puente es una mirada,
                          una palabra de preocupación,

                          una llamada telefónica. 

También es un reclamo y es un desaire.
Es compartir fotografías y libros, 
                          teatro y música,
                          alambres de res y toronjas, 
                          pulseras y corbatas.

De pronto, 
el puente se volvió levadizo
y un día nunca más bajó.

Desaparecieron sus adornos, se apagó su luz.

No volví a ver tus labios de fresa
                            ni tus ojos de nostalgia,

                            ni a oír tus risas contagiantes
                            ni a sentir tu aroma, perfume de mi ser.



Y así, la ausencia de tus rojos,
                                       tus risas y tu aroma,

cavó un abismo en mi corazón,
alargó mi cara y cerró mis ojos.
Sobre el abismo el puente desapareció.


Los que construyen, destruyen.
Poder destruir es poder reconstruir. 

¿Reconstruiremos algún día nuestro puente? 



Ofrenda Plenituadora

Cuando cierras tus ojos
pierdo mi rumbo.

Cuando cierras tu boca
divago en el mundo.

Cuando cierras tus manos
floto en el aire.

Cuando cubres tus oídos
dejo de escucharte.

Cuando tapas tu nariz
se desvanece en el espacio
tu perfume innombrable
que impregnó mi memoria
en noches memorables.

Tus ojos son mi faro,
tu boca es mi discurso,
tus manos son mi guía,
tus oídos recogen mi aliento,
tu nariz registra el aroma
de esta noche vehemente
en que dos cuerpos hirvientes,
el t/ío y el m/uyo,
en la  multiplicación de la sangre
y en la consagración del coito,
se ofrendan,
revientan,
se plenitúan.



©Sergio Ismael Cárdenas Tamez


miércoles, 16 de mayo de 2018

Del poeta leonés DYMA EZBAN



https://www.todostuslibros.com/autor/ezban-dyma 

https://www.poetasdelmundo.com/detalle-poetas.php?id=1833 

martes, 8 de mayo de 2018

lunes, 30 de abril de 2018

Significativa aportación: ¿primera piedra?


Se dice que toda gran marcha empieza con un primer paso: he recibido de la Profra. Dolores Márquez esta significativa aportación ($3,000.-) con miras a la fundación de una escuela de música dirigida por mí: no podría haber habido mejor augurio que esa aportación proveniente de alguien comprometido con la educación: mi total agradecimiento a "Lolita" por esta conmovedora iniciativa a la que espero dar respuesta en un futuro no lejano.



miércoles, 25 de abril de 2018

De la época con la OSN-Mex, 1980-1982.


Programas de algunos de los conciertos que dirigí en los años 1980-1982, cuando fui Director Artístico de la Orquesta Sinfónica Nacional de México













martes, 5 de diciembre de 2017

Hace 14 años, en PROCESO


Su mirar nos ilumina
POR LA REDACCIÓN , 18 MAYO, 2003

Para fortuna suya, y al mismo tiempo, representando una pérdida —ojalá, temporal— para la vida musical en México, Sergio Cárdenas (Ciudad Victoria, Tamaulipas, 1951) es uno de esos músicos connacionales que desde hace varios años vive en el autoexilio  Su principal tarea ha sido desarrollada (con éxito) en los territorios de la dirección orquestal, habiendo realizado proyectos con relevantes aportaciones en la difusión de la obra de compositores contemporáneos, cuyo trabajo sinfónico, a través de su batuta, ha visto por vez primera (y en ocasiones, por única) la luz.

Nada menos, recuerdo qué importante fue, y qué atrevimiento el suyo hace 20 años, al incluir el estreno mundial de obras de varios compositores jóvenes —en ese tiempo— en aquella Temporada de Otoño en 1983, de la Orquesta Sinfónica Nacional, de la que fue director titular antes de fundar y dirigir la Orquesta Filarmónica del Bajío. El Concierto San Ángel, (1982) para guitarra y orquesta, de Gerardo Tamez (1948); la Imagen Primera (1), para orquesta, de Roberto Medina (1955); Ozomatli (1982) para coro mixto y orquesta (sólo metales y percusiones) con cinta, de Federico Álvarez del Toro (1953), así como Gestación (1983) también para orquesta, de Arturo Márquez (1950) —antes, mucho antes de que ni él mismo se imaginara su futuro interés, éxito, fama y estatismo con (por) obras basadas en el popular danzón—, entre otras, conformaron el corpus medular de la temporada incluyendo, así mismo, obras de otros mexicanos ya reconocidos, como Manuel Enríquez (1926-1994) —con quien fraguó tan osado proyecto—, y Daniel Catán (1949)

Invitado por Samir Farag, director general del Centro Nacional de Cultura de Egipto, y con un consenso aprobatorio por parte de su comisión de asesores, y de los propios miembros de la orquesta, entre otros, probablemente para antes de que finalice el presente año, Cárdenas estará al frente de la Orquesta Sinfónica de El Cairo como director titular, sustituyendo a Ahmed Elsaedi, quien desde 1996 ha conducido al conjunto

Al paralelo, el director mexicano también tendrá que ver con la programación de los conciertos de música de cámara que llevan a cabo pequeños ensambles derivados del grupo orquestal Todo ello significa una gran noticia para nuestra música de concierto, ya que Sergio Cárdenas es, comprobadamente,  de los directores de orquesta cuyo verdadero interés por evitar la continuidad en el lastre histórico que aglutina más y más música creada y guardada (casi sepultada), suele ponerse de manifiesto en la confección de sus programaciones. Ésta será una (otra) muy buena oportunidad para impulsar la música sinfónica de nuestros compositores ante oídos más allá de las fronteras del país

Para Cárdenas, la dirección es un acto creativo que mucho tiene que ver con el acto de componer Por eso, como vertientes que se bifurcan pero que a la vez se complementan y enriquecen, Sergio Cárdenas posee, así mismo, una trayectoria en la composición musical cuyo catálogo de obras, si bien no muy nutrido, revela el conocimiento de la materia a través del riguroso análisis de partituras
Sus obras son la declaración de un compositor cuya religiosidad le es inherente en su cotidianidad, y por tanto, en su creación De igual forma, manifiesta una inclinación similar hacia cierta música popular, de la que con imaginación, oficio y refinamiento, ha llegado a hacer —crear— atractivos arreglos

Miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte, Cárdenas concluyó recientemente la composición de Liebes-Lied, para coro a capella, y con texto de Rainer Maria Rilke (1875-1926), como parte de su compromiso La pieza será estrenada mundialmente este mes de mayo por el Coro de Concierto de la Orquesta Sinfónica de Hof (Alemania), bajo la dirección de su titular Gottfried Hoffman Ambos, coro y director, conocen por dentro la música del compositor mexicano, habiendo grabado el CD Enturia (Conaculta-Fonca) íntegramente con obra coral de Cárdenas
También en mayo, sus Monólogos con las estrellas, para quinteto de cuerdas, serán escuchados por primera vez; los miembros del Ensamble Opera Nova son los encargados de dicho estreno en la Sala Studiobuehne de la Ópera de Zurich En su partitura, Cárdenas exige de los intérpretes un alto nivel técnico así como cierto grado de disposición creativa, pues optó por construir un entramado musical entre pasajes de escritura convencional, con otros —aleatorios— que requieren participación imaginativa

Así pues, enhorabuena Sergio Cárdenas; enhorabuena música de México Si la trayectoria de músicos mexicanos talentosos en el extranjero conlleva a que oídos lejanos nos escuchen y ojos también distantes nos vean, entonces es posible decir que su mirar nos ilumina(2)

(1) Actualmente, fuera del catálogo del compositor
(2) Título de una pieza breve que Cárdenas compuso en 1987