60º aniversario de mi debut como director musical,
por Sergio CÁRDENAS*
No recuerdo con exactitud si fue el 21, el 22 o el 23 de diciembre de 1965, pero sí recuerdo, y de manera muy vívida, que en la noche de uno de esos días, en el templo “Luz y Salvación”, de la Iglesia Presbiteriana de Cd. Victoria, Tam., dirigí lo que constituyó mi debut como director musical. Lo hice al frente de un coro de niños que yo mismo había organizado a fin de que nuestra iglesia no se quedara sin su concierto de Navidad.
Desde un par de años antes, nuestra iglesia había iniciado la tradición del concierto de Navidad. El coro, fundado por la pianista Oralia López de Martínez, quien era la esposa del Pastor, Pbro. Joel Martínez, era dirigido con gran entusiasmo y dedicación por la pianista Oralia, que gozaba de gran simpatía en el coro. Ella había permitido mi ingreso al coro cuando yo rondaba los 13 años de edad y ya entonces me había colocado en la cuerda de los bajos. Durante la estancia de la pianista Oralia al frente del coro, se lograron rendimientos notables: nos puso retos extraordinarios, como, por ejemplo, el cantar selecciones del oratorio MESÍAS (Haendel), la cantata SU GRAN AMOR (No greater love, de J. Peterson) y otras piezas que, considerando que casi nadie sabíamos solfear o leer nota musical, constituían vivencias en las que descubríamos mundos nuevos de grandeza musical.
Pero en el verano de aquel año de 1965, una vez que el Pbro. Martínez había emigrado al estado de Texas (USA), nuestra directora también emigró y nuestro coro cesó actividad. En ese verano de 1965, yo había pasado cuatro semanas en el Seminario Teológico Presbiteriano de la Ciudad de México, estudiando la Biblia en un curso impartido por el Pbro. Nicolás Felipe Gómez, en el que aprendí mucho. Tras ese curso, al regresar a mi ciudad natal, me encargaron la dirección de la Escuela Bíblica de Vacaciones, especialmente pensada para la niñez de nuestra iglesia. Contaba yo 14 años de edad. A través de esa experiencia con la niñez de mi iglesia, entablé una óptima relación con nuestros niños y cuando ya se acercaba la Navidad, al considerar que no contaríamos con el coro de la pianista Oralia para el concierto navideño, tuve la idea de organizar a los niños en un coro y preparar el concierto.
Para entonces, yo había aprendido de memoria muchos villancicos navideños, varios de ellos incluso a dos o tres voces. La iglesia me permitió llevar a cabo los ensayos en el templo y así empezamos a montar el programa. Como yo apenas había tomado unas cuantas clases de piano con la pianista Oralia, no tenía yo capacidad para dirigir los ensayos desde el piano. Lo que hice fue que, de manera seguramente arbitraria, dividí al grupo en dos y procedí a ensayar de la siguiente manera, villancico por villancico: decidí que un grupo cantaría la primera voz (soprano) y mientras enseñaba al grupo su melodía y texto, pedí al otro grupo que guardara silencio ¡y lo guardaron! Yo les iba cantando la melodía y pedía a los niños que la repitieran.
Una vez terminada esa tarea, procedía de manera similar con el otro grupo para que aprendieran la segunda voz (contralto) mientras el primer grupo guardaba silencio, tras lo cual, aprendidas las partes correspondientes, ponía yo a todos a cantar juntos y así sucesivamente con todos los villancicos que yo había seleccionado para ese “debut”.
Ante el altar del templo, ya se había colocado un telón (no recuerdo si yo lo pedí o ya estaba ahí). Coloqué a los niños bien formaditos detrás del telón. El concierto se inició con una presentación para la que asigné a mi hermano menor Noel, que contaba con7 años de edad. Noel presentó el programa, que dedicó a la congregación (que llenó el templo!) y deseando a todos ¡Feliz Navidad!; acto seguido, se abrió el telón y dio inicio el concierto, que habrá tenido una duración de poco menos de una hora.
Hoy, a 60 años de ese acontecimiento tan significativo en mi vida, me es imposible recordar qué calidad musical pudo haber tenido ese concierto. De lo que no tengo duda, es de la tremenda emoción que viví en ese debut, emoción que sigue vigente en mí al día de hoy, aunada a una inconmensurable gratitud por tan singular oportunidad. Recuerdo que el concierto fue muy exitoso y que fui muy felicitado por ello.
Para el culto de fin de año, la noche del 31 de diciembre, la pianista Oralia regresó para dirigir desde el piano el canto congregacional. Fue la última vez que estuvo en Cd. Victoria. Recuerdo que poco antes que diera inicio el culto (que, por lo general, iniciaba a las 23 h), me acerqué a saludar a la querida pianista Oralia. En eso estaba, cuando también se acercó a saludarla una de las hermanas Saldívar (creo que fue Miriam, pero no estoy seguro), quien comentó a la pianista Oralia sobre el concierto que había yo dirigido, añadiendo que había sido todo un éxito, a lo que la pianista Oralia contestó: “Con eso se comprueba que ninguna persona es indispensable.”
A la distancia de varias décadas, reitero mi agradecimiento a quienes hicieron posible el concierto referido: la Iglesia “Luz y Salvación”, a los niños participantes en ese concierto y a mi familia por todos sus apoyos.
· Premio Nacional de Artes y Literatura 2021
· Medalla Luis G. de Arellano 2007
· Doctoratus honorem Pater Patriae 2023
· Premio Nacional al Arte y la Cultura “Eduardo Loarca Castillo” 2023

Que gran manera de empezar esa gran trayectoria, felicidades Sergio! Soli Deo Gloria
ResponderEliminarMuchas gracias, Salomón. Ya no recuerdo si tú y Chabe también participaron en ese coro!!!
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