jueves, 20 de junio de 2024

Monumento a Mozart, en Irapuato, Gto (México)

 



Pocos meses después de que la FILARMÓNICA DEL BAJÍO iniciara actividades (concierto inaugural: 21 de agosto de 1986), se organizaron en distintos municipios guanajuatenses las Asociaciones de Amigos de la Filarmónica del Bajío, A. C.. Esto sucedió gracias a la iniciativa del irapuatense Dr. Armando Sandoval Pierres, Profesor en la Universidad de Guanajuato. Los municipios en los que esas asociaciones fueron configurados, eran Guanajuato Capital, León, Irapuato, Celaya y San Felipe.
Esas asociaciones desplegaron una actividad muy destacada en la promoción de la actividades de la FilBajío, que desempeñaron con entusiasmo y dedicación, aportando de manera notoria el acercar cada día a más personas a los conciertos de la orquesta, que, en promedio, acaecían cada dos semanas en esas ciudades. La FilBajío no sólo "surtió" musicalmente a las ciudades mencionadas, sino que también desplegó sus fértiles sonoridades en otros tantos 20 municipios del Estado.
Una de las asociaciones más entusiastas y activas, era la de Irapuato. La orquesta se presentaba cada dos semanas en el Templo del Convento, que en general registraba llenos con un público respetuoso, entusiasta, atento y agradecido.  En el año 1991, coincidiendo con el bicentenario luctuoso de MOZART, a propuesta mía, la Asociación de Irapuato promovió el proyecto encaminado a rendir homenaje al genio de Salzburgo, lo cual se logró, con el apoyo del H. Ayuntamiento, con la develación del busto del compositor, colocado sobre un pedestal, en una de las calles del centro de la ciudad. No recuerdo a quién se encargó la elaboración del busto.
La develación tuvo lugar justo el día del bicentenario luctuoso, el 5 de diciembre de 1991, antes de que la FilBajío se presentara en el Club Campestre de la ciudad brindando un concierto dedicado en su totalidad a obras de Mozart.
Me alegra y emociona mucho que ese monumento en Irapuato, se mantenga aún ahí donde se erigió hace ya más de 33 años.







Fotos cortesía de Gerardo Martínez jr.

domingo, 16 de junio de 2024

Lo que yo regalo el día de mi cumpleaños

 


Es práctica común el que el día del cumpleaños de un ser querido, la persona cumpleañera reciba regalos de sus parientes, amigos, colegas, etc. Hace 28 años, residiendo aún en la capital guanajuatense, decidí que para celebrar mi cumpleaños de ese 1996, sería yo quien diera el regalo. La historia de esa donación puede ser leída en



https://onomatopeyadeloindecible.blogspot.com/2019/06/con-una-intensidad-cautivadora.html 


Las obras de los creadores artísticos son regalos que el artista creador hace al mundo, al patrimonio artístico de la humanidad.  Así, el artista dona algo que no existía.


En 2024, he decidido volver a la práctica de 1996: concluí el sábado 15 de junio, la composición de EMITTE SPIRITUM TUUM, para coro mixto a Capella, sobre un texto tomado del Salmo 103:30, en la versión de la Vulgata Latina. Esta pieza constituye mi regalo al mundo,  al acervo coral universal, en ocasión de mi cumpleaños (17 de junio).


Es mi manera de desearme ¡Feliz cumpleaños!













domingo, 9 de junio de 2024

QUIERO SENTIR CÓMO ME ESCUCHAS.


QUIERO SENTIR CÓMO ME ESCUCHAS,


por Sergio Cárdenas*



Por ahí leí alguna vez que (atribuían la autoría a John Lennon):  “la música es eso que suena mientras hacemos algo más importante”; se trata de una aseveración que refleja, en mucho, el comportamiento contemporáneo ante el acto de escuchar. De alguna manera lo he corroborado en mis andanzas cotidianas, recorriendo calles, plazas, jardines, etc.; en especial en las plazas notamos algo así. Cuando radiqué en la ciudad de Guanajuato, mis visitas al Jardín de la Unión, en el centro de la ciudad,  me enfrentaban con un territorio minado por grupos musicales de variada índole. Frente al Hotel Santa Fe,  se apostaba un mariachi , apenas unos pasos de ahí, un trío huasteco o de la  Sierra Gorda queretana; al otro extremo de la plaza, otro mariachi emitía con enjundia su música bravía; por otro lado, un trío romántico del corte de Los Panchos, deleitaba a sus clientes; enfrente, se manifestaba la Estudiantina universitaria, con su tradición españolizante.  En fin, aquello era una algarabía que, en su simultaneidad, devenía demasiado compleja y daba por resultado que aquellas “músicas”, se aniquilaban unas a otras y, por lo tanto,  provocaban que me desconectara de esos fenómenos audibles de inmediato: me era imposible registrar lo que cada grupo exponía, y peor aún, que algo de lo que tocaran o cantaran, lo pudiera yo asimilar en su justa y propia dimensión de una manera que emocionalmente tuviera algún significado para mí. Por si todo eso no hubiera sido suficiente, de repente pasaba por ahí algún chavo con su reproductor portátil y nos imponía algún rock trasnochado, o un jazz inglés o algo similar. Los oyentes, estaban todos concentrados en sus propios “chismes” o reflexiones, en el comentario social o el político, en la “grilla” o en la ilustración histórica: en eso se concentraban, esa era su prioridad y, así, el fenómeno auditivo del momento, que sucedía “por allá”, al borde de lo consciente, perdía su significado original y de toda índole. 


                                                      El Jardín de la Unión, de Guanajuato, Gto.


Apenas unas semanas atrás, me contaron de una maratón musical (así le llamaron) en el que participaron alrededor de una veintena de grupos instrumentales y vocales, de diversas formaciones y provenientes  de regiones tan remotas como el corazón de África o Asia. Ninguno de esos ensambles se presentó de manera simultánea con otro y cada uno participó alrededor de 25 minutos. Pregunté a quien me compartió esa experiencia, qué tanto recordaba, cuando ya estaba escuchando el grupo número dieciocho, de lo que había ofrecido el segundo grupo y si algo de lo ahí expuesto (alguna melodía, algún texto, algún ritmo) se había “anidado en su corazón” por mor de su fuerza expresiva o de su buena factura. “Nada”, fue la respuesta, a lo que yo pregunté cuál podría haber sido el sentido o justificación para haber estado ahí, a lo que en tono similar, me contestó “ninguna”. Comenté que vivencias como la reseñada, me parecían formas de escape, de alejar de uno mismo cualquier atisbo de realidad o de interioridad, que se trataba de algo que tenía como único propósito, el distraer a los asistentes de sí mismos a través de vivencias audibles aportadas por culturas autodenominadas “indie” o de resistencia (¿ante qué?) provenientes de diversos continentes, para que el “entretenimiento” no aburriera. Es decir,  nada de lo ahí ocurrido  (sucedió al aire libre en un paraje atractivo  al sur de la capital mexicana)  había quedado grabado en sus corazones de tal forma que a la vuelta de los días, pudiera surgir de forma espontánea en su memoria emocional o, al menos, geográfica , o que la vivencia musical los hubiera “marcado” de manera tal, que habría dejado una huella indeleble en su espíritu. Al parecer, lo prioritario no estuvo en escuchar la (supuesta) música, sino estar en el alboroto, al aire libre, junto a (miles) de personas que estaban ahí en las mismas condiciones. Además de esa inutilidad, todo había contribuido (quizá, gozosamente) a enriquecer el bolsillo de los organizadores del “numerito”, al que asistieron gente de los USA, Canadá, México, Centroamérica, etc.


                                                     La Gran Sala de la Casa de los Festivales,
                                                                    de Salzburgo, Austria.


En otro texto, me he referido a una vivencia inolvidable que tuve en la Gran Sala de la Casa los Festivales de Salzburgo (Austria), sala que tiene una capacidad para más de 3,000 personas. En la ocasión referida, la Filarmónica de Berlín, conducida por von Karajan (1912- 1989), exponía un programa que se inició con el Divertimento KV 287, de Mozart (1756-1791), cuya pieza central es un Adagio, de cadencia lenta. Esa exposición, a más de cuatro décadas de acontecida, aún la recuerdo de manera vívida, elocuente, altamente expresiva, emocionante. Es cierto que hay asistentes a ese prestigiado Festival que van como resultado de una exigencia de status social. Pero es igualmente cierto que la gran mayoría lo hace por la exigencia personal de contar con vivencias únicas, de (quizá) incalculable valor artístico que forman parte de la oferta del Festival. La vivencia en cuestión, vivencia en la que la música (aquí sí lo era) no se oía por ahí  mientras se hacía algo más importante, era la prioridad, la importancia misma. El Adagio referido se cuenta entre lo más sublime (Sublime, escribió I. Kant en 1764 en sus Beobachtungen über das Gefühl des Schönen und Erhabenen (Observaciones sobre el sentimiento de lo bello y sublime),es aquello en comparación con lo cual todo lo demás es pequeño.”) compuesto por Mozart. Y ahí, en su tierra natal, los filarmónicos berlineses y von Karajan, desde que dio inicio el Adagio, fueron ocupando nuestro espíritu, nuestra respiración y el espacio mismo de manera tal que al finalizar (tiene una duración aproximada de 14 minutos), todos los que estábamos ahí exhalamos la respiración contenida con un notorio “Ah…”, como si nos estuviéramos desinflando, lo que reflejaba el grado de profundidad y vivencia que habíamos tenido durante la exposición de esa mágica pieza, que recorre un amplio espectro de territorios expresivos, un amplio espectro de las posibilidades (graves y agudas) de la tesituras instrumentales, que manda, que exige una disposición  exquisita, precisa, fina, sensible, siempre expresiva de exponerla… ¿y también de oírla?


Cuando asistimos a un concierto clásico, ¿cómo escuchamos? ¿Qué escuchamos? No han sido pocos los comentarios que he escuchado en ese contexto, comentarios que oscilan entre la frivolidad y la profundidad, que son, ambas,  válidas. “¿Oíste el pianissimo que consiguió el director de la orquesta?”; “¿qué te pareció el Do-agudo del tenor?”; “¿notaste el temperamento del director, cuya melena terminó despeinada?”… y así por el estilo. Otros comentarios pretenden manifestar la capacidad analítica del oyente: “creo que no se logró transmitir el proceso formal de la pieza: su clímax pasó desapercibido!”; “la solista en el concierto para piano, sólo aplanó teclas, no “le sacó” sonido al piano”; “las cuerdas se manifestaron cuidadosas, pero lo metales sólo “echaron montón”.


Desde décadas me pregunto eso, ¿cómo oímos cuando asistimos a un concierto de música clásica, sea orquestal, de cámara o de un solista? ¿Se trata de un entretenimiento? O ¿de un encuentro con la música? O ¿de un descubrimiento musical? Quizá antes deberíamos preguntarnos porqué asistimos a un concierto y si, en caso positivo, lo hacemos con la disposición a la escucha como una acción creativa. Mi convicción es que uno, como oyente, al asistir a un concierto clásico, debe asumirse como una página en blanco sobre la que la vivencia sonora que se escucha, empieza a narrar, a "escribir"  su historia. Claro es que habrá tantas historias como oyentes en el concierto, pues, con seguridad, no habrá dos personas entre el público que tengan de manera exacta el mismo marco musical de referencia.  Mi propuesta es que el oyente no debe intentar "entender" (lo que sea que eso signifique) lo que escucha pues, como ya lo decía T. S. Elliot en relación con la poesía: "la poesía comunica aún antes de ser entendida". Y así la música, liberada del yugo de la palabra, demanda la apertura auditiva para que uno entre en esa vivencia inmersiva del sonido y este, a su vez, ocupe nuestro interior: vivenciar, no entender, pues. En no pocos recintos se ha vuelto tradición el invitar al público a asistir a las conferencias de apreciación musical que se ofrecen antes de iniciar un concierto. Tengo para mí que esas acciones, si bien ayudan a acercar a los artistas con el público asistente y, de alguna manera, ubicar el contexto histórico, geográfica o político de las páginas musicales en referencia, no garantizan que, en efecto, sean de ayuda eficiente en la escucha musical. Con frecuencia, se toca de manera opuesta a la que se mencionó en la conferencia.



Una de las piezas musicales que plantean alta exigencia auditiva al público, es la maravillosa “Gran Fuga”, op. 133, para cuarteto de cuerdas, de  L. v. Beethoven (1770-1827). Su exposición demanda semanas de preparación individual y en el ensamble; los cuerdistas requieren de total concentración para lograr compartir atisbos de la grandeza de esa tremenda obra. Un crítico escribió que “era tan incomprensible como la lengua china”! Pues bien: se refiere con frecuencia que el público vienés es un público culto, versado en la música clásica y que Beethoven es “de los suyos”. Cuando este portento se estrenó en Viena en 1826 (un año antes de la muerte de Beethoven), el público asistente, todos de la así llamada nobleza, fue abandonando la sala a poco de iniciar la exposición. Al terminar la obra, sólo en encontraban en la sala,  los integrantes del cuarteto expositor y Beethoven. Esta poderosa pieza no es de las que, digamos, “acarician” el oído con dulzuras melódicas, etc., sino que nos convoca a escuchar a profundidad,  a escuchar con atención, concentrando nuestros pensamientos y nuestro espíritu en lo que la obra “nos va diciendo”, es decir, no permitiendo que esa música suene mientras estamos pensando o imaginando algo “más importante”. Creo poder imaginar a los nobles asistentes al concierto de estreno de este cuarteto, profundamente decepcionados por encontrarse con que tenían que concentrarse a fondo escuchando la obra.


No han sido pocas las vivencias con las que la vida me ha privilegiado escuchando conciertos en los que su veracidad, su intensidad, su sensibilidad expresiva, por la congruencia expositiva y la contundencia de esa exposición, generaron en mí una energía empática con los expositores y con la obra misma. Esas vivencias devinieron en vivencias beatíficas. So pena de quedar en deuda al no mencionar algunas, me referiré a varias de ellas:


En el verano de 1973, recién llegado a Alemania (Munich), vi anunciados recitales de canto con dos de mis favoritos liederistas del momento: Hermann Prey (1929-1998) y Dieter Fischer-Diskau (1925-2012). Los recitales tuvieron lugar en la Sala Principal del Teatro Nacional, de Munich. Prey adquirió mucha fama cantando el “Fígaro”, de “Le Nozze di Figaro”, o el “Papageno”, de “Die Zauberflöte”. Desde el primer momento se nos mostró tal cual lo conocíamos: bonachón, desenfadado, irradiando calidez. Dedicó su recital a las baladas de Karl Loewe (1796-1869), que me descubrieron una intimidad musical finamente manifestada, lo que el público apreció de manera justa: tan arrobado y eufórico estaba, que “obligó” a Prey a brindarnos ocho (8) “encores”. Agradecí a la vida con tremenda emoción el haber estado ahí, aunque haya sido en la última fila del tercer piso. Con cada balada expuesta por Prey, mi corazón se regocijaba y se ensanchaba, sentía como si ese magnífico barítono estuviera cantando todo eso para mí.


Pero luego siguió Fischer-Diskau, en el mismo recinto, uno o dos días después, también ante una sala abarrotada. Para entonces, a mis 22 años, este ícono liederista alemán ya lo consideraba un símbolo del ideal de cantante. Fischer-Diskau había ya brillado como cantante en un sinfín de óperas y ya era muy reconocido como uno de los grandes liederistas de la historia. Ofreció un programa variado y exigente, con canciones (lieder) de algunos de los más conspicuos representantes del romanticismo alemán, a saber: Schubert, Brahms, Wolf y Schumann, en todo momento con rigor musical, con impecable dicción, con una entonación inmaculada, desplegando seriedad, una modulación vocal que parecía contener el universo mismo, que ora lo escuchaba junto a mi oído y luego a la distancia como si me hablara desde la eternidad. El público explotó en atronadores aplausos, incluso de pie, y ni sí logramos convencer a Fischer-Diskau que nos regalara algún “encore”. Recuerdo muy bien que salí de ese concierto casi levitando, tan emocionado me encontraba de haber vivenciado un concierto que me confirmaba porqué Fischer-Diskau era mi ”ídolo” del momento. En ninguna de estas vivencias, la música sucedió mientras yo hacía algo más importante.


En la primavera de 1977, viajé a Londres con mi muy querido amigo Claudio Maria Perselli (QEPD). Compartíamos el entusiasmo y el interés por asistir a todos los ensayos y algunos de los conciertos conducidos por Sergiu Celibidache (1918-1996) al frente de la London Symphony Orchestra, organismo al que retornaba tras haber estado ahí un cuarto de siglo antes. El programa: Suite Iberia (Debussy, 1862-1918), Tres Danzas de Petrushka (Stravinski, 1882-1971) y la Cuarta Sinfonía, de Brahms (1833-1897).


                                                                   Sergiu Celibidache


Ya en el primer ensayo nos percatamos de la enorme tensión que generó Celibidache con la orquesta, en especial porque tras los primeros noventa minutos de ensayo, el Maestro apenas había logrado ver unos 30 compases del segundo movimiento de Debussy. Y después del descanso, las cosas no “mejoraron”: tras sesenta minutos, Celibidache apenas llegó a la tercera o cuarta variación del cuarto movimiento de la sinfonía. El desasosiego entre los atrilistas era muy notorio:  “¿cómo es esto posible si este repertorio lo tocamos con mucha frecuencia?”, comentaban. Para colmo, el Maestro se dirigió a los atrilistas al término del ensayo. Entre otras “linduras”, comentó: “Cuando fui invitado a dirigir estos conciertos, me informaron que estaría yo trabajando con la mejor orquesta de Londres; tras escucharlos a ustedes hoy, no quiero ni pensar cómo han de estar las otras orquestas.”


De inmediato se armó una “revolución”: el  representante de los atrilistas convocó ipso facto a una asamblea en la que, tras enconadas deliberaciones, se acordó cancelar todos los conciertos con Celibidache. Al ir a informar al respecto al empresario que había llevado a Celibidache, recibieron la respuesta. “Pues como ustedes digan. Sólo aclaro que si deciden cancelar los conciertos, me tienen que pagar el costo del boletaje de los siete conciertos programados con el Maestro, conciertos cuyo boletaje está vendido en su totalidad, y demás gastos.” Tan seguros como estaban de su decisión original, se dijeron: “pues así por la buena, sí tocamos.”


Lo cual nos regocijó mucho. A partir del segundo ensayo, ya con la orquesta en mejor disposición, empezamos a ser testigos de una transformación sonora y musical  como pocas veces lo he atestiguado. El Maestro moldeaba el sonido, corregía arcadas, articulaciones de los alientos, los instruía sobre la fenomenología musical, con gran pasión abordaba las sutilezas de Debussy, lo circense de Stravinski y la gran línea, adusta y severa, del sinfonismo alemán encarnado por Brahms. Cuando finalmente pudimos escuchar en concierto el resultado de ese trabajo meticuloso y entregado de Celibidache, me dije: “Es la primera vez en mi vida que puedo decir que he vivenciado un concierto con “todas las de la ley.” Aún permanecen en mi memoria muchos de los momentos de esos históricos ensayos y concierto. Lo verdaderamente importante fue que la música la oímos, la escuchamos como lo más importante del acontecer en ese momento. Fue, en efecto, una vivencia beatífica.


Alguna vez escuché en la Gran Sala de la Fundación Mozarteum, de Salzburgo, Austria, en un estado de humildad, admiración y devoción, al gran pianista Friedrich Gulda (1930-2000) ofrecernos, de memoria, los dos tomos del “Clave (teclado) bien temperado”, de J. S. Bach (1685-1750). Toda una proeza, sin duda alguna. Gulda (quien había tenido como su única alumna a Marta Argerich), hilvanó con toda finura los Preludios y la Fugas de ese poderoso portento de la composición musical. Se mantuvo pianístico en todo momento (nunca fue un simple aplana-teclas), con ejemplar sobriedad expresiva, con una transparencia que nos permitía distinguir cada una de las voces de las piezas, manifestándose lírico o, incluso, religioso, cuando así lo inducían las piezas, o desplegaba tremendo virtuosismo con exquisitez. Recuerdo bien que tras la segunda velada (una para cada uno de los tomos), varios compañeros del Mozarteum, alumnos y profesores, nos encaminamos a comentar, con mucha admiración y arrobamiento, lo que Gulda nos había brindado, lo cual acompañamos con la típica Wein Schorle, que es una bebida de vino mezclado con gaseosa, muy popular en la región.


                                                                     Friedrich Gulda


En junio de 1981, tuve el privilegio de dirigir el Coro y la Orquesta de la Radio Nacional Polaca, de Cracovia, Polonia. Pude tener varios ensayos con el muy magnífico coro, lo que había sido una de mis peticiones: nos las teníamos que ver con el poderoso “Un Réquiem Alemán”, op. 45, de J. Brahms (1833-1897), que es una de las piezas “más cercanas” a mi corazón. Con el coro y con la orquesta traté de trabajar con el mayor detalle musical, es decir, no de manera mecánica. El concierto que brindamos en la Sala de Conciertos de la Radio, también ha sido uno de los más memorables para mí. Además, estaba yo muy emocionado de contar con la colaboración de uno de los grandes barítonos polacos: A. Hiolski, a quien ya había yo podido admirar durante mi época de estudiante en los USA, cuando participó en las grabaciones y conciertos de “La Transfiguración de Nuestro Señor”, de Olivier Messiaen (1908-1992), en Washington, DC, en 1973. Al terminar el concierto en Cracovia, muchas personas del público pasaron a felicitarme al camerino. Veía yo por ahí, un tanto rezagada, a una señora que me pareció ya entrada en años. Se esperó para ser la última en felicitarme. Se acercó a mí y se fue directamente a tomar mis manos entre las suyas: llorando con mucha intensidad, empezó a besarme las manos  a la vez que decía no sé qué. Me acompañaba en ese proceso el gerente de la orquesta. Yo, que ante la emoción manifestada por la señora, apenas podía articular palabra, le pedí que, por favor, me tradujera lo que decía la señora: “Que está profundamente agradecida con lo que sus manos han hecho esta noche con Brahms.”  Y la señora seguía llorando y besando mis manos, ya no recuerdo por cuánto tiempo. Lo que sí recuerdo es creer haber sentido la intensidad energética de la señora al manifestar la conmoción que “Un Réquiem Alemán” le había causado. En cierto momento, dejó mis manos, me abrazó y se despidió. Fue otra experiencia beatífica.



En la primavera de 2024, compuse mi segundo cuarteto para cuerdas. Durante el proceso de composición, que duró alrededor de tres semanas, estuve involucrado con intensa emoción en la escritura de cada una de las voces, buscando respetar en todo momento su veracidad, su autonomía, la expresividad con la que esa veracidad debería (idealmente) de exponerse, rescatando la identidad sonora de cada uno de los instrumentos, buscando una escritura que, de manera inevitable, llevara a los integrantes del cuarteto, a “vérselas” con la veracidad emocional en la obra. Me cuestionaba constantemente si  el público que estuviera en el estreno de la pieza, no haría lo mismo que hizo el que asistió al estreno de la “Gran Fuga” beethoveniana. Si eso llegara a pasar, ¿cómo habría yo reaccionado? A la par de esas elucubraciones, pasé mucho tiempo en la búsqueda de un título para la pieza. Al involucrarse como oyente con la obra, el oyente experimenta que algo sucede en su interior energéticamente, que algo le “mueve”, que la vivencia auditiva le provoca que abra bien sus oídos para que se pueda involucrar, que aunque se encuentre sentado entre el público, esa vivencia deviene (debe devenir) en una en la que tiene la sensación de que se trata de algo muy personal, muy adentro de sí mismo, muy conmovedor y cautivador. 


                                                              Página 17 del manuscrito de

                                                 "Quiero sentir cómo me escuchas"


En suma, anhelo con fervor que la asistencia a un concierto de música clásica, aunque haya sido compuesta en fechas recientes, devenga en una vivencia que deja huella en la memoria y corazón del oyente, una vivencia que demuestre que pese a su fugacidad, la música no es un simple objeto de consumo de naturaleza desechable sino que es una expresión con tremenda carga de veracidad y energía que deja una huella poderosa en nuestras vidas, lo que convierte a esa fugacidad en un atisbo de eternidad. Confío en que el oyente ha estado ahí en respuesta a una exigencia interior, a una necesidad de llenar sustancialmente oquedades emocionales que nos causa la cotidianidad.


Después de recurrir a varios títulos ( mi obsesión por definir este punto, hacía que algunos de esos títulos  me aparecieran en sueños), finalmente me decidí por “Quiero sentir cómo me escuchas”, porque, en efecto, es lo que deseo con fervor. 


                                                            Sergio Cárdenas, en 2023



(C)SergioIsmaelCárdenasTamez; Ciudad de México, el 9 de junio de 2024.


* Premio Nacional de Artes y Literatura 2021 (Gobierno de México); Premio Nacional de Arte y Cultura Eduardo Loarca Castillo (Universidad Autónoma de Querétaro);  Doctoratus honorem (Conferencia Internacional de la Comunidad Universitaria); Premio Nacional de Arte y Cultura, 2023  (Mil Mentes por México Internacional).

viernes, 17 de mayo de 2024

Texto del Maestro Luthfi Becker Anz sobre mi libro "Estaciones en la música"

 


El maestro Luthfi Becker Anz, eminente músico y laudero, fundador y exdirector de la Escuela de Laudería, del Instituto Nacional de Bellas Artes de México (Querétaro, Qro.), leyó con motivo de la presentación del libro “ESTACIONES EN LA MÚSICA” (Lecturas Mexicanas, Cuarta Serie, CONACULTA, México, 1999) el 19 de noviembre de 1999, en el Centro Cultural “...y la nave va.”, de Querétaro, Qro., el siguiente texto:

 

 

 

Volverse concientes de nuestro contenido interior

 

   Antes de empezar con la presentación de este maravilloso libro del Mtro. Sergio Cárdenas, me gustaría anteponer la corta “advertencia” que él escribió para esta obra. Cito:

   “ESTACIONES EN LA MÚSICA incluye artículos que he escrito en relación con alguna “escala” en mi peregrinar musical como director de orquesta y compositor. Me propuse escribirlos sin ceder demasiado a la tentación de las explicaciones teorico-musicales, que a veces fueron inevitables. Espero que el lector no se fatigue tanto con ellas cuando las encuentre. El volumen incluye también algunas traducciones mías de textos escritos en alemán que, de igual manera, documentan esas “escalas.”

   “Estoy convencido de que la música, cuyo lenguaje inicia cuando se agota la palabra, no requiere de explicaciones. Mi intención, que también es mi esperanza, es acercar al lector a la música. Ésta se encargará de lo demás: de cercarlo, de arrobarlo, y arroparlo, de colarse a su flujo sanguíneo para, con él, irrigar todo su cuerpo y su cotidianidad, de brindarle beatitud.”

   “ESTACIONES EN LA MÚSICA es, asimismo, una voluntad de compartir vivencias tenidas en este viaje fascinante en el que la música ha sido mi guía, mi compañera amable, celosa y generosa, siempre cariñosa.”

   “Agradezco a la señora María del Carmen Solís su valioso apoyo en la transcripción de este libro.”

   Con este introducción nos dice el autor aproximadamente de qué trata su obra, pero la verdadera dimensión de su mensaje la encontramos dentro del libro. Permítanme, señoras y señores, algunos comentarios, tal vez ya superfluos, para abundar en lo que el Mtro. Cárdenas nos dice con un lenguaje inspirado. De hecho, nos toma de la mano para enseñarnos con valentía y pudor su jardín secreto, aquel que normalmente sólo se muestra al amigo del alma. Me refiero a las cosas espirituales que, en regla general, están reservadas a los profesionales, los sacerdotes, por ejemplo. Pero aquí ya no es doctrina religiosa, es más bien comprensión de la esencia de la fuente de donde brota la creación artística. En estas “escalas” podemos sentir el deseo imperioso del amigo Sergio de anunciar con gran intensidad, para que el mundo por fin entienda, de lo que la música es en verdad. }

   Cuando habla de Mozart se abre el cielo. Nos explica la dimensión cósmica de la música de Mozart y así es. Gran parte de la humanidad vive todavía con la visión  de un mundo pequeño y antropocéntrico y los demás que creen que ya son liberados de “supersticiones” se apegan a la “realidad” de los descubrimientos de los astrofísicos que hablan de un universo hecho de radiaciones, partículas, átomos, polvos, rocas, galaxias y estrellas de todos los tamaños. Ese universo es sólo material. Sin embargo, también hay personas, aunque sean pocas, que saben que existen dimensiones, universos, muchos probablemente, que no son de naturaleza material.

   Desde que el hombre es hombre y empieza a tomar conciencia de que, en realidad, no es de aquí y que necesita expresar esta convicción a través de su creatividad, se vuelve él mismo receptáculo, canal, profeta de una o muchas dimensiones que decimos son “cósmicas” porque no tenemos otro concepto para ello. Esos mundos los podemos suponer, adivinar los que somos de raza ordinaria. Pero también hay gente extraordinaria que tiene acceso a diferentes niveles espirituales y se vuelve mediadora para facilitarnos, a los que somos toscos y cerrados, el regreso a la verdadera patria más allá del mundo mineral. Quisiera mencionar una experiencia personal: Hace muchos años conocí a un señor de Indonesia, de nombre Muhammad Suhub, de cultura y religión diferentes, respetado allá por su sabiduría y conocimientos.  Cuando le pregunté, un poco para checarlo, sabiendo también que era apegado a las tradiciones culturales de su país, qué le parecía la música de Mozart, me dijo. “Mozart recibía la música de Dios y es un mensaje al igual que el de los profetas.” Esta afirmación me quedó tan grabada en el corazón que ahora que leo el texto de Sergio Cárdenas con palabras de amor del alma y conocimiento iniciático, permanezco profundamente conmovido.

   Pero el Mtro. Cárdenas no sólo escribe sobre Mozart. Con la misma inspiración e intensidad nos acerca a la música de Schubert, nos habla del inigualable Antón Bruckner, de Gustav Mahler y de Beethoven, de Schumann y de Brahms. Dedica un comentario a la interpretación musical de Mahler de las tan conmovedoras “Canciones sobre la muerte de los niños”, de Friedrich Rückert. 

   Rückert era un protagonista muy representativo del Romanticismo alemán. Los “románticos”no eran lo que comúnmente se imagina la gente, artistas alejados de la realidad viviendo exclusivamente en un ambiente tibio de sentimientos enfermizos. No es así y tal vez requiere de una explicación: Romanticismo es una palabra derivada de “romano”, que en la Edad Media se decía de algo que no estaba escrito en latín sino en lengua vulgar, sin apego a las reglas. En el Siglo XVI se utilizaba para designar un cuento de tipo nuevo- una romana o una novela. Al principio tenía la connotación de algo falso, extraño y demasiado fantasioso. Cien años después, cambiando de gusto, adquirió un sentido elogioso, expresando un propósito pintoresco lleno de gracia.

   Decir “romanticismo” para nombrar una época, un estado de ánimo, es tan poco acertado como usar la palabra “clasicismo” o “barroco” para designar ciertos períodos de la historia del arte. A finales del Siglo XVIII la confusión semántica de esta voz fue tal, que algunos la usaban como grito de guerra contra las viejas pelucas, y otros, los conservadores y académicos, la manejaban como anatema contra los rebeldes “románticos”. En realidad, el romanticismo (o como siempre se llame), fue una revolución de la sensibilidad hacia una nueva autovaloración espiritual y social, también de la expresión artística en todos sus lenguajes.

   Goethe, el “clásico”del romanticismo, decía: “ El verdadero artista legislador tiende a alcanzar la verdad artística; el que no tiene ley, el que obedece sólo a un impulso ciego, tiende a lograr una realidad copiada de la naturaleza.” Y el admirable pintor Caspar David Friedrich dijo a su vez: “ Un cuadro debe presentarse inmediatamente como obra humana y no querer engañar como si fuera la misma naturaleza.”

   A partir del romanticismo, caso extraño, surgieron por todas partes y casi simultaneamente, de Rusia a Francia, España y América, grandes espíritus con un mensaje común: la conciencia de nuestra realidad espiritual y su realización a través del correcto manejo de la vida política, la justicia social y el respeto a los derechos humanos.

   Para mí el romanticismo todavía es vigente y apunta hacia el futuro para, ojalá, cobrar cada vez más vigor. Quisiera ilustrar con una vivencia propia una experiencia al respecto. Años atrás hice mis estudios de historia del arete en Alemania y mis andanzas me llevaron a la Bergstrasse, región en la selva negra del Palatinado. Jamás hubiera pensado encontrar en el cementerio de un pueblito la sepultura del gran poeta romántico Friedrich Hölderlin (1770-1842). El epitafio en su lápida decía en alemán:

 

Im heiligsten der Stürme

falle zusammen meine Kerkerwand

und herrlicher und freier

walle mein Geist

in das unbekannte Land.

 

(En la más sagrada de las tempestades

se derrumben los muros de mi prisión

y más gloriosa y más libre

se eleve mi alma

hacia el país desconocido.)

 

   El propósito de hablar sobre el romanticismo es explicar que Sergio Cárdenas sabe de eso y supongo que mucho mejor que un servidor. También quisiera despertar las ganas de comprar este libro sin anticipar su contenido. El que está dispuesto a disfrutar todas las páginas y comprender más con el corazón que con lamente analítica, descubrirá una obra de arte sobre obras de arte y encontrará un acceso “desde el interior”, como dice otro romántico, Friedrich von Schlegel, al maravilloso mundo de la música.

   ElMtro. Cárdenas dejó actualmente atrás lo que fue un trabajo de varios años en Guanajuato y en Querétaro. Me refiero a la creación de la Filarmó0nica del Bajío y de su sucesora, la Filarmónica de Querétaro, que necesariamente hacen parte de las “escalas” que menciona en su “advertencia”. En este libro da testimonio de su profundo compromiso con la creación musical en México y de su admiración por compositores e intérpretes. Pero sobre todo hace un desgarrador análisis sobre la situación de la educación musical en el país con fecha de agosto de 1987. Estos comentarios quedan hoy, como hace 12 años, de igual forma vigentes.

   Para cerrar la presentación de este libro que he leído con atención y verdadero placer (que siempre, en estos casos, provoca un sentimiento de optimismo que, a lo mejor, la humanidad no está tan mal y que todavía hay esperanza), quisiera evocar una imagen talvez insólita: he tenido ocasión de visitar en parís, donde viví durante muchos años, una asamblea de miembros de una cofradía Sufi originaria de Turquía y que fue fundada en el Siglo XIV. Se trataba de derviches giradores (que giran sobre sí mismos) que al son de un tambor y una flauta de carrizo (nay) giran con los ojos cerrados, el brazo y la mano derecha apuntando hacia el suelo y el brazo y la mano izquierda alzados hacia el cielo. Me explicaron que en esa actitud se volvían eslabones entre lo espiritual y lo material y que en cualquier momento uno de entre ellos podía recibir el conocimiento del que era capaz según el recipiente espiritual que traía adentro.

   No quiero divagar con mi historia, pero siento que si nos dejamos capturar, llenar, cercar, arrobar y arropar por la música (utilizando los términos del Mtro. Cárdenas), la mejor música, llegaremos a lo mismo, nos volveremos concientes de nuestro contenido interior y de que no somos de aquí. No creo que esté tan lejos de lo que nos quiere decir en su bello libro el Mtro. Sergio Cárdenas.+++

 

© Luthfi Becker Anz, México, 1999.

 


jueves, 9 de mayo de 2024

Presentación ante la ORQUESTA SINFÓNICA NACIONAL de MÉXICO


El día 9 de mayo de 1979 (hace 45 años), al filo del mediodía, fui presentado en el Teatro Regina del Centro Histórico de la CdMx, por el Lic. Juan José Bremer, Director General del INBA, ante el pleno de la ORQUESTA SINFÓNICA NACIONAL de MÉXICO (OSN), como el nuevo Director Artístico de esa emblemática agrupación del sinfonismo mexicano. Por aquel tiempo, la OSN acumulaba ya varios años sin director artístico, específicamente desde que la agrupación se había negado a aceptar a Carlos Chávez como su director artístico, nombramiento que, al parecer, había sido ordenado por el Presidente Echeverría. A pesar de ese poderoso apoyo, Chávez fue rechazado por la OSN. Los años subsecuentes fueron de mucha zosobra, de desasosiego, con notorios altibajos en el devenir de la agrupación. 

Yo había debutado al frente de la OSN en junio de 1977, actuando como Director Huésped de conciertos brindados en León y Celaya, en el estado de Guanajuato. Estos conciertos y los que dirigí poco más de un año después, ya en el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México, en mi calidad de "Director Asociado de la OSN", "dejaron un buen sabor de boca" en la relación entre los integrantes de la OSN y mí mismo. En esos conciertos, tuve oportunidad de dirigir un repertorio variado, cubriendo varios siglos e incluyendo música de autoría mexicana: MOZART: Sinfonía Haffner, KV 385 y Sinfonía "Paris", KV 297; BEETHOVEN: Sinfonías no. 3 y 5; MENDELSSOHN: Sinfonía no. 4, "Italiana"; CHÁVEZ: Sinfonía India; ENRÍQUEZ: Si libet; SCHUBERT: Sinfonías nos. 2, 5 y 8, "Inconclusa", así como Obertura en estilo italiano, en Do mayor; TELEMANN: Suite en la-menor, para flauta y cuerdas, con Gildardo Mojica como solista; RAJMÁNINOFF: Concierto no. 2, para piano y orquesta, con la fabulosa pianista mexicana Guadalupe Parrondo; STRAUSS: Obertura a "El murciélago".


Apenas una semana después de la presentación del 9 de mayo, el 16 de mayo, 1979, en la Sala Principal del Palacio de Bellas Artes (CdMx), tuvo lugar el concierto público de mi presentación, concierto que contó con la presencia del Presidente de la República, Lic. José López Portillo y de su distinguida esposa, Doña Carmen Romano de López Portillo (Doña Carmen falleció el 9 de mayo del año 2000!). De similar manera, de las autoridades de la Secretaría de Educación Pública y del propio INBA. El concierto tuvo una gran repercusión política, pues ese mismo día, por la mañana, el Presidente había cambiado a dos Secretarios de Estado: de Hacienda y de Programación, lo que causó un gran revuelo.

En esa para mí memorable ocasión, expusimos las Sinfonías no. 7, de BEETHOVEN, y no. 6, "Patética", de CHAIKOVSKI, que fueron justamente premiadas por el público asistente. Siguieron 5 años y cuatro meses de vivencias musicales inolvidables (Kremer, Szeryng, Parrondo, Kerer, Bañuelas, Andrade, Oaxaca, Aguascalientes, Huízar y un largo etc) en un proceso enriquecedor, tonificante y de crecimiento constante. Mi perenne agradecimiento por esa grandiosa oportunidad que me brindó la vida.