martes, 7 de agosto de 2018

DISIPADOR DE TINIEBLAS. Mi encuentro con Sergiu Celibidache.


Mi encuentro con Sergiu Celibidache
Disipador de Tinieblas
(primera parte)
por Sergio CÁRDENAS*

 Emilio Fernando Ávila Navarro, in Memoriam.


Pocos meses después de haber llegado a Salzburgo para continuar mis estudios en la entonces Hochschule für Musik “Mozarteum”, conocí en Viena a Emilio Fernando Ávila Navarro, quien a la sazón se desempeñaba como Agregado Cultural de México en Austria. Esto debe de haber sucedido hacia finales de 1974 o principios de 1975. Entablamos de inmediato una amistad que, para mi fortuna, siguió vigente toda su vida.

Desde nuestra primera conversación, Fernando, al enterarse de que yo  estaba estudiando la carrera de dirección orquestal en el Mozarteum, me habló de Sergiu Celibidache, un nombre del que yo, hasta ese momento, no había oído jamás. Fernando se explayaba con entusiasmo y lujo de detalles en referencia  a la casi indescriptible bendición para la música que constituía Celibidache: su profunda musicalidad, su conocimiento que bordaba en la dimensión cósmica, su grandiosa capacidad para compartir sus periplos en las entrañas musicales con el vocabulario más sencillo y más elocuente. Y, desde luego, de su profundo sentido de humanidad, siempre empático, sensible, constructivo y coherente en todo lo que emprendía.

Así sucedía cada vez que tenía oportunidad de conversar con Fernando. Me hablaba de los legendarios curso de verano en la Accademia Chigiana, de Siena (Italia), de las veces que Celi (así nos empezamos a referir al Maestro) estuvo en México (adonde llegó por invitación del entonces líder sindical de los músicos de la Ciudad de México, don Juan José Osorio) dirigiendo la entonces Filarmónica de la Ciudad de México (década de los ’60), del paso de Celi ante otros organismos orquestales, etc.

Comprenderá quien esto lee que mi interés por conocer a Celi crecía día tras día. Pero en Salzburgo, donde yo residía, el “amo y señor” del devenir musical era Herbert von Karajan y Celi estaba, de hecho, vetado en esos ámbitos. Todo giraba alrededor del tremendo negocio que Karajan había logrado desarrollar con la participación de compañías disqueras, festivales, etc.  Por lo tanto, pensar en la opción Celibidache era algo así como arriesgarse al ostracismo del mundo musical imperante. Pasaron aún muchos años hasta que, por ejemplo, Harnoncourt fue “aceptado” en Salzburgo, donde “tuvo” que empezar como profesor de asignatura en el Mozarteum, antes de poder presentarse en público con su ya para entonces muy reconocido ensamble “Concentus Musicus Wien”.

A principios del año 1977, el violonchelista norteamericano Michael Flaksman, me comentó que para el siguiente mes de febrero, Celi estaría en Stuttgart como director huésped de la Orquesta de la Radio del Suroeste, una excelente orquesta, por cierto. Flaksman había llegado a Salzburgo un par de años antes como alumno del gran violonchelista italiano Antonio Janigro, de quien al poco tiempo se convirtió en su asistente. Cuando dirigí mi primer concierto como Director de la Sinfónica de la Hochschule Mozarteum, Flaksman fue el solista del Concierto en Re-mayor, de Haydn. Desde entonces entablamos una bonita amistad. Yo ya había compartido con Flaksman mi interés en conocer a Celi y como Flaksman residía en Stuttgart, cuando me comentó que Celi estaría allá, también me ofreció su departamento para toda la semana en la que Celi estaría trabajando con la orquesta: “Yo estaré fuera, de gira concertística”, me dijo.

Para enero del año 1977, ya llevaba yo año y medio como director de la orquesta del Mozarteum.  Por razones que en su momento no alcanzaba a explicarme, pasaba yo por un momento musical bastante crítico: de repente, me había yo vuelto muy inseguro en todo lo que tenía que ver con la dirección, no encontraba el “tempo” de las piezas y, peor aún, se me dificultaba mucho comunicar, dirigiendo, lo que yo pensaba que era el “tempo”. Empecé a titubear mucho sobre las cuestiones del fraseo, de las arcadas,  el misterio de la sonoridad musical se volvió insondable, cuál debe ser el tipo de ataque y cuál la respiración que corresponde, de la concepción musical de figuras rítmicas, etc. Así que cuando Flaksman me habló de la posibilidad de conocer a Celi en Stuttgart y recordando vividamente todas las maravillas que el buen Fernando me había contado, decidí hacer el viaje a Stuttgart. Arreglé en el Mozarteum los pendientes de la semana respectiva y partí hacia la capital del estado de Baden-Würtenberg, a las márgenes del río Néckar.

Bastaron unos cuantos compases de la obertura a “La forza del destino” (Verdi), con la que Celi empezó el ensayo, para darme cuenta de lo mucho que me había perdido hasta ese momento. En Salzburgo, desde la primavera del año 1974, nunca me perdí de  ensayo alguno ni concierto u ópera con Karajan y su Filarmónica de Berlín. A Salzburgo llegaban todas las orquestas y solistas famosos: asistí (claro, clandestinamente) a todos esos conciertos. Se trataba de orquestas europeas de gran calibre. Una vez logré colarme al concierto de la Filarmónica de New York, dirigida por Bernstein, en la Sala Bruckner, de Linz, en la Alta Austria. Pues aún con todo ese bagaje en mi memoria musical, lo que estaba yo descubriendo en Stuttgart gracias a la magia de Celibidache, no tenía punto alguno de comparación: expresividad orgánica, balance perfecto, suavidad o arrojo según lo demande la pieza, direccionalidad del devenir musical, cantabilidad italiana (en la obertura) y, con mayor sorpresa aún, una técnica de dirección incomparable, impecable. Tras ensayar Verdi, Celi siguió con la Cuarta Sinfonía de Brahms, que yo pensaba haber ya estudiado a fondo y sobre la que Celi me desveló mundos sonoros y expresivos que yo (¿cómo era eso posible???) desconocía.

Ese ensayo, primera vivencia con Celi, cuestionó de manera absoluta todo mi devenir musical hasta ese momento. La situación “empeoró” cuando, al terminar el ensayo, varios de los jóvenes aspirantes a directores que habían presenciado como yo el ensayo, me invitaron a pasar con ellos al camerino del Maestro: “Después de cada ensayo, él está siempre dispuesto a responder cualquier pregunta relativa al ensayo y, a veces, incluso a dar una pequeña clase de técnica de dirección”, me dijeron.  Fui con ellos con enorme emoción e ilusión, a la vez con temor tras sentirme profundamente cuestionado en el ensayo recién vivido.

En ese momento, en febrero del año 1977, yo contaba con 25 años de edad; había concluido en Princeton, NJ (USA) los estudios de Maestría en Dirección Coral (1973) y había concluido, con mención honorífica, la Carrera de Dirección Orquestal (1975) en el Mozarteum.  Ya en el camerino con Celi, él nos empezó a hacer preguntas sobre el ensayo, algunos hicieron otras preguntas sobre lo mismo, y yo, sentado en un rincón escuchando con devoción y temor, entendía poco de lo que estaban hablando: la direccionalidad del fenómeno musical, su espacialidad, sus tensiones y distensiones, sus articulaciones grandes y las pequeñas, su estructura instrumental, el efecto de la presión vertical sobre la horizontal, etc, etc. Y yo, oyendo todo eso sobre lo que ningún profesor hasta ese momento me había hablado ni tampoco ningún director de orquesta había logrado comunicar (¿lo habrán sabido?), me preguntaba: “¿Qué he hecho en todos estos años? ¿Cómo es que yo, con una Maestría del mejor colegio coral de los USA y un título en dirección orquestal otorgado con mención honorífica por el legendario Mozarteum, cómo es que yo, decía, nunca me había enterado de toda esa riqueza musical y, por lo tanto, humana?”

Y luego, cuando el Maestro anunció que revisaría algunos aspectos de la técnica de dirección orquestal, pues casi fue el acabóse para mí: hasta ese momento, yo era considerado (casi) como una estrella de la dirección musical. Y hete aquí, que al empezar la revisión celibidachiana, yo ni siquiera sabía qué postura debería tener mi cuerpo para poder dirigir, ni cuál era el principio básico del movimiento de los brazos y manos en la dirección (“debes dirigir siempre la arcada”, decía el Maestro) y, por lo tanto, a lo más que llegaba era a más o menos “aletear” pensando que eso era dirigir.  Se habló en esa breve sesión de los puntos de la figuras de la dirección, de la decisiva importancia de la anacrusa, de la correspondiente proporción del movimiento y, a vuelo de pájaro, de cómo aplicar todo eso al ejercicio musical de tal manera que no se volviese un fin en sí mismo. “No has aprendido a manifestar una relación de tus movimientos con el fenómeno sonoro: tus movimientos deben propiciar el fenómeno sonoro que la obra tiene en sí misma, y no sólo fungir como si fueras agente de tránsito”, me dijo el Maestro.

Tras estas tremendas vivencias en tan sólo medio día, me vi enfrentado al dilema de seguir haciendo todo como hasta ese entonces y por lo que ya había recibido muchos elogios, o, una vez descubiertas las entrañas del quehacer musical, una vez que el Maestro había disipado las tinieblas que  impedían que me diera cuenta de todo ello, abandonar o desechar casi todo lo hasta entonces aprendido y, de plano, empezar de nuevo: se trataba de una decisión de vida. Así que cuando el Maestro, al término de ese primer encuentro, anunció que impartiría un curso en la Universidad de Tréveris (Trier, Alemania) en los meses de marzo y abril siguientes, de inmediato decidí asistir a ese curso (duraría 5 semanas!) que, seguro como ya lo estaba, sería de medular significado en mi desarrollo.

Para asistir a ese curso, tenía yo que resolver lo relativo a las actividades que ya tenía programadas con la Orquesta del Mozarteum, entre otras una grabación para la Radio Austriaca del Concierto para piano y orquesta, en Sol-mayor, de Ravel, con una alumna destacada del Mozarteum. Pero para mí la asistencia al curso de Celibidache tenía el primer lugar en la lista de prioridades: si no conseguía permiso del Mozarteum para ausentarme esas 5 semanas, yo estaba dispuesto a renunciar a ese contrato. Hablé entonces con quien había sido en el Mozarteum mi profesor de dirección y de composición, Gerhard Wimberger: le transmití con detalles la vivencia de Stuttgart y mi interés absoluto para estar en el curso de Celi. “No te preocupes”, me dijo, “ese curso es muy importante para ti y no lo debes perder. Yo te voy a suplir en todo lo que tengas programado y hablaré con el Rector del Mozarteum para que autorice tu permiso”. Así sucedió, para mi enorme fortuna.

En otro escrito abordaré las vivencias del curso de Celi en Tréveris, vivencias que llenarían todo un libro, por su cantidad y calidad.  Agradezco a Flaksman la generosidad que me permitió estar en Stuttgart en aquella semana que se convirtió en crucial para mi vida. Y al gran amigo, ahora fallecido, y brillante compositor austriaco Wimberger, por el invaluable apoyo que me permitió asistir al inolvidable y aún asimilable curso de Celibidache en Tréveris en marzo-abril de 1977. Y, desde luego, al amigo Emilio Fernando Ávila Navarro, por la generosidad que permitió que me acercara y conociera la genialidad celibidachiana. +++


·       Compositor musical y director sinfónico; Director Artístico fundador de la orquesta de cámara Consortium Sonorus; Presidente de la promotora Música de Concierto de México, S.C.

©Sergio Ismael Cárdenas Tamez; Ansbach, Alemania, el 5 de agosto de 2018.

                                                               Fernando Ávila Navarro