jueves, 28 de enero de 2010

El árbol frondoso de la música mexicana de concierto





El árbol frondoso de la música mexicana de concierto

En los albores de mi devenir en tanto que director sinfónico (al frente de la Sinfónica de la hoy Universidad de la Música “Mozarteum”, de Salzburgo, Austria), me llenaba de emoción el entusiasmo con el que los jóvenes integrantes de ese ensamble, que en la gran mayoría eran alemanes y/o austriacos, llegaban a nuestros ensayos para abordar obras de “sus” compositores. Tocábamos muchas obras de Mozart, el héroe local, alternando con páginas célebres de Bach, Beethoven, Schubert y Brahms. El entusiasmo de “mis” músicos era en verdad contagiante, entre ellos mismos, hacia mí y hacia el público que nutrido asistía a nuestros conciertos. Les oía decir uno al otro: “¿Te das cuenta? ¡Estamos tocando Mozart! ¿Te das cuenta?” Me quedaba yo con la impresión de que ese hecho, en lo aparente insignificante, constituía de igual manera una contribución a su crecimiento interior, una ampliación de su dignidad cultural, una reafirmación de la grandeza de un legado musical, legado que lo sentían muy suyo: una propiedad ciertamente intangible que los identificaba.

Cuando asumí la dirección artística de la Orquesta Sinfónica Nacional de México, descubrí, de golpe, una suerte de carencia, quizá de dimensión escandalosa, en relación con esa que en su momento fue la más alta posición musical de México: mi conocimiento de la música sinfónica de México era casi nulo. Y eso estando justo al frente del organismo que más música mexicana tenía en su repertorio. Inicié, entonces, una travesía que me llevó de asombro en asombro al ir descubriendo un corpus musical contundente, variado, de gran riqueza, con gran expresividad y con un sello distintivo: ese corpus sonoro me descubría la grandeza de México.

En México, la música ha sido una expresión prioritaria del pueblo. Es parte de sus vivencias fundamentales, de su dialéctica existencial. Los sentimientos de los mexicanos de todos los rincones de la República son, en sí mismos, razones consumadas, claras y suficientes, de una expresión que nos ubica, a la vez, ante los demás humanos y en el cosmos. A través de nuestra música, que es diáfana y poderosa, los mexicanos expresamos tribulaciones emocionales y euforias existenciales, romances que bordan lo religioso y la exuberancia de la naturaleza mexicana, detalles de vivencias inmediatas y las dimensiones cósmicas del transitar por esta vida a la que, como escribiera Nezahualcóyotl, “sólo venimos a soñar”.

Un viernes de la primavera de 1980, nuestra Sinfónica Nacional rendía un homenaje a Carlos Chávez, homenaje para el que yo había invitado a su más notable discípulo: Eduardo Mata. Estaba Mata a punto de alzar la batuta para dar inicio al concierto cuando alguien en la sala empezó a gritar: “Ya basta de Chávez, queremos oír a Huízar”. Yo desconocía por completo ese nombre, Huízar, pero pensé que si ya hubo alguien que lo midiera con Chávez, algún valor debería de tener.

De inmediato me di a la búsqueda correspondiente y, para mi fortuna, pronto entré en contacto con doña Consuelo Luna vda. de Huízar y con su hija Micaela. Se inició así un andar fascinante que me permitió conocer a quien yo considero el mejor sinfonista de México. Descubrí en Candelario Huízar un creador sonoro de intachable dignidad que con su producción musical y su propio devenir se yergue como baluarte heroico de la música mexicana de concierto y contribuye con su legado a que la fuente de la riqueza sonora de México esté rebosando y nos invite a degustar los fluidos manjares del espíritu mexicano a través de los sonidos.

Admiro en la obra sinfónica de Huízar esa contundencia que irradia ternura; esa capacidad para llevarnos a dimensiones siderales desde partículas musicales elementales; ese oficio composicional que logra que el oyente se sienta observado sonoramente; esa exhuberancia eufórica que llevó a Silvestre Revueltas a afirmar que la música de Huízar era “un hondo canto ancestral”; esa maestría en la elaboración de deslumbrantes vitrales multicolores a partir de un solitario hilo sonoro (como en el Andante de su Sinfonía “Cora”). Admiro, en fin, en Huízar, esa dimensión cósmica que no niega su origen recogiendo e impregnando su obra del trazo sinuoso, sólido, espectacular y grandioso de la orografía zacatecana.

Celebro y agradezco que ahora se brinde la oportunidad, a través del reconocimiento a Huízar, de que nos conozcamos mejor y nos encontremos con razones poderosas para estar orgullosos de lo nuestro; para que como aquellos jóvenes austriacos, también nosotros sepamos ponderar en su justa dimensión la grandeza y vastedad del repertorio musical mexicano de concierto y nos llene de emoción y plenitud el disfrutar de él tanto como oyentes como ejecutantes. Aspiro a que SURCO, Jornadas Nacionales Candelario Huízar de la Música Mexicana de Concierto, sea una contribución más en esa dirección que, como en Huízar, hace crecer más nuestras raíces en esta tierra para que desde esas profundas raíces, continúe elevándose el árbol frondoso, sólido, alto y generoso de la música mexicana de concierto, que no se quiebra en la tempestad y que nos oxigena con su poderío sonoro y emocional.

Mi agradecimiento al Gobierno del Estado Libre y Soberano de Zacatecas y a su Instituto Zacatecano de Cultura “Ramón López Velarde”, así como a la Presidencia Municipal de Jerez de García Salinas (donde Huízar viera su luz primera), y al Instituto Jerezano de Cultura, por el apoyo que hace posible SURCO. De igual manera, mi agradecimiento a las colaboraciones del Centro Nacional de Investigación, Documentación e Información Musical “Carlos Chávez” y de la Coordinación Nacional de Música y Ópera (ambos del INBA); a la Sociedad de Autores y Compositores de México; a la Escuela Nacional de Música de la UNAM; a la Universidad Autónoma de Zacatecas. Y desde luego a los prestigiados artistas participantes que engalanan la programaciòn de estas Jornadas Nacionales, que deseo sean las primeras de muchas más.


SERGIO CÁRDENAS,
Director Artístico de SURCO.

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