Solo et pensoso i piu d eserti campi
vo mesurando a passi tardi et lenti,
et gli occhi porto per fuggire intenti
ove vestigio human l'arena stampi.
Altro schermo non trovo che mi scampi
dal manifesto accorger de le genti,
perche negli atti d'alegrezza spenti
di fuor si legge com'io dentro avampi:
si ch'io mi credo omai che monti et piagge
et fiumi et selve sappian di che tempre
sia la mia vita, ch'e celata altrui.
Ma pur si aspre vie ne si selvagge
cercar non so ch'Amor non venga sempre
ragionando con meco, et io co llui.
Durante gran parte del año 2015, tuve la dicha y el honor de trabajar con asiduidad con el CORO del SEMINARIO TEOLÓGICO PRESBITERIANO DE MÉXICO (Ciudad de México) en la preparación del oratorio sacro MÉSÍAS (HWV 56), de G. F. HAENDEL. Esa fructífera colaboración culminó con las dos muy exitosas exposiciones públicas que hicimos de esta joya de la literatura musical universal, en colaboración con la espléndida ORQUESTA SINFÓNICA "Estanislao Mejía", de la Facultad de Música-UNAM y de magníficos solistas vocales.
Invité a los integrantes de ese enjundioso coro a que escribieran alguna reflexión sobre la experiencia de participar en este montaje tan demandante. Aclaro aquí que la mayoría de los integrantes del Coro del STPM, son estudiantes de teología, aunque también participa un núcleo importante conformado por estudiantes del Departamento de Música Sacra de ese Seminario. La intención era que esos textos fueran publicados en el programa de mano del concierto del 5 de diciembre, 2015, celebrado en la Capilla del STPM. No fue posible concretar este proyecto. Por ello, comparto ahora dos textos configurados en respuesta a mi invitación. Los reproduzco en orden alfabético de sus autores.
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VALERIA CARDEÑA*
“Dios me ha visitado”
Al pensar en la pregunta “¿qué significa para ti cantar el Mesías de
Handel?”, ineludiblemente pienso en mi Señor Jesús, en el Mesías, en el foco
principal de esta obra, y en lo que significa Él para mí; e inevitablemente
después de esto, pienso: ¿cómo es que George Frideric Händel compuso una
obra tan espectacular? ¿Era él consciente de lo que su obra exponía?
¿Realmente sabía quién era el Mesías?
Al
indagar
en la historia de Händel nos encontramos con que no todo en su vida fue
buena música, salud, felicidad y fama; Händel atravesó en 1741 (después de un
derrame cerebral) una época de crisis inspiracional; esta casi lo había dejado
en la calle. El gran compositor ahora se veía envuelto de pesar,
preocupaciones, deudas y dolor.
Charles
Jennens, un poeta y colaborador anterior de Händel es el responsable del texto que
podemos encontrar en esta maravillosa obra. Fue su iniciativa intentar
“revivir” el espíritu creador de Händel; alguien que entre el tumulto de
lobos seguía creyendo en este músico inigualable. El libreto que Jennens había
dejado sobre el escritorio de Händel una tarde de agosto, contenía una gran
cantidad de citas bíblicas, especialmente profecías de Isaías sobre el
nacimiento de Jesús; y algunas otras sobre la vida, ministerio y resurrección
de Cristo.
Hoy puedo decir que Dios miraba a este hombre con atención, con compasión, y ansioso
por mostrarse como el Mesías de su vida. Me gusta imaginar a Händel con lágrimas en el
rostro a leer la primera frase de dicho libreto: “Comfort ye my people” (Consolaos pueblo
mío) y siento una emoción palpitante al imaginar el alivio sentido con la frase “that her
iniquity is pardoned” (su iniquidad ha sido perdonada).
Indudablemente pienso que estas palabras no carecían de sentido; sé que debían significar
algo para este hombre, y creo esto al ver la belleza de la obra tan majestuosa que compuso:
“El gran Mesías de Händel” Creo que el consuelo y la verdad que de ellas manaba fue lo
que permitió que esta obra -escrita en tres semanas- cambiara la vida de Händel. Ellas
fueron quienes revivieron al músico dolido y quebrantado, y quienes lo convirtieron en
un hombre compasivo y agradecido; estas palabras convirtieron su llanto y pesar, en una
expresión de alegría: “Dios me ha visitado”.
Menciono esta parte de la vida de Händel porque quiero resaltar el poder de estas palabras
en su vida. Mirar la vida destrozada de este grandioso músico me llena de tristeza, pero ver
el poder de la Palabra de Dios, me conmueve hasta las lágrimas. Y puedo decir con gran
certeza que “…la Palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos
filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu…”. No sé hasta qué punto cambió el corazón
de Händel, ni sé si verdaderamente continuó creyendo en el Mesías o viviendo una vida
arrepentida; no, con certeza no lo sé,pero si sé que después del Mesías la vida de este
hombre no continuó siendo la misma, porque La Palabra de Dios trae consuelo, alivio, es
más dulce que la miel, y jamás continúas igual después de tener un contacto profundo
–no superficial- con ella.
La gran comisión en mi vida es predicar al Mesías, decirle al mundo entero que Jesús ha
muerto por los pecados de muchos, y que Él ha resucitado; es cantar todos los días de mi
vida el amor de Cristo; y esta obra me permite hacerlo.
Confío que Dios se place en usar la músicapara salvar vidas miserables; sé que estas
palabras pueden cambiar un corazón de piedra por uno de carne y sé que cantar del
Mesías jamás será algo vano; sé que predicar al Mesías con mi canto aliviará mi alma y l
a de muchos otros, y por ello canto, porque cantar es anunciar, decir, proclamar; y yo
proclamo al Mesías, a mi Salvador.
Händel ordenó que todas las ganancias
obtenidas por el Mesías fueran “donadas a
los presos y a los huérfanos y a los enfermos” y dijo: “Yo mismo he estado enfermo y ahora estoy
curado; estuve preso y ahora estoy en libertad”
Que todos al finalizar esta obra
podamos decir con alegría y certeza como dijo Händel: “Dios me ha visitado”
* Integrante
del Coro del Seminario Teológico
Presbiteriano de México, soprano.
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CARLOS ELÍ MONTIEL ÁLVAREZ*
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El Mesías.
El
Mesías, un concepto con una definición incontenible que ha evolucionado y se ha
consolidado a lo largo de las eras, y por tanto, a pesar de las distintas
culturas mediante evoluciones semánticas; hoy, el concepto de -El Mesías- ha
encontrado su más perfecta definición en la persona de Cristo Jesús, el
nazareno, de quien cantamos y a quien cantamos hoy.
Expresar
lo que siento y creo al interpretar esta bellísima obra resulta una tarea
imposible de concluir cuando el recurso a utilizar son las palabras y mi pobre
vocabulario; sin embargo, vienen a mi mente más de un par de aspectos
imprescindibles para el momento de la asimilación, ejecución y proyección del
oratorio:
Como
estudiante de teología puedo decir que la iglesia cristiana, sin importar la
tradición, ha fundado su identidad sobre tres bases sólidas: la teología, la
alabanza y Cristo.
-Reconocemos que la Palabra, y
sólo la Palabra de Dios es absoluta; sin embargo la Iglesia no sólo tiene la
necesidad, sino el deber de formular teología; de replantear el uso y empleo de
esa Palabra divina. En ese sentido, es la teología una actividad confesional
que siempre ha intentado hacer frente a los desafíos representados por las
ideologías en turno de cada siglo.
-El perfil teológico ha determinado
la calidad de la alabanza a través de la historia, y me refiero a esto en
términos estéticos, pero además espirituales.
Es
evidente que, al menos en el período barroco al que pertenece este maravilloso
oratorio, los grandes compositores siempre dieron evidencia de una fuerte convicción
acerca de Dios, elemento que sin duda dio origen a lo sublime de estas obras
que requieren alto nivel de exigencia, digno de aquel a quien se dirige.
-Toda sana teología y toda digna
alabanza funcionan como premisas que dan validez a una sola conclusión:
Jesucristo es el Señor. Y solo es posible llegar a dicha conclusión cuando se
experimenta una verdadera e impactante presencia de Cristo en la vida del
creyente y de la Iglesia.
Estos
elementos se hacen presentes también en “El Mesías” de Händel: hay teología en
la manera en cómo se reinterpretan textos veterotestamentarios a la luz del
mensaje cristiano; hay alabanza al reflejar lo glorioso de cada texto en una
exquisita variedad de figuras musicales que elevan el espíritu; pero por sobre
todo, se encuentra Cristo, inspirador del autor, e inspirando a los intérpretes
y a cada hombre y mujer oyente a depositar su ser en Él.
G. F.
Handel, a lo largo del oratorio nos lleva a representar distintos personajes de
la historia bíblica siendo a veces mensajeros, en otras ocasiones ángeles,
incluso un pueblo airado esperando con morbo ver al Cristo siendo crucificado;
tal vez esto pudiera ser parte de lo que define un –oratorio- en aspectos
técnicos, pero existe un momento culminante, al expresar todos juntos unánimes:
¡Digno es el Cordero que fue inmolado de tomar el poder, las riquezas, la
sabiduría, la fortaleza, la honra, la gloria y la alabanza! (Ap. 5:12), es en
ese momento cumbre cuando no interpretamos ningún personaje, sino que afirmamos
la identidad de nuestra institución (STPM) y del Ser Cristiano como criaturas
redimidas ejerciendo la acción para la cual hemos sido llamados de muerte a
vida, esto es, alabar por siempre al Señor Jesús, nuestro eterno Rey.
*Integrante del Coro del Seminario Teológico Presbiteriano de México, bajo.
Integrantes de la OSEM-UNAM escriben sobre la "Misa de Réquiem", de G. VERDI
Los días 23 y 25 de octubre, 2015, la ORQUESTA SINFÓNICA "Estanislao Mejía", de la Facultad de Música-UNAM (OSEM-UNAM), en colaboración con mágníficos solistas vocales y ensambles corales, presentó en la Sala Nezahualcóyotl la "Misa de Réquiem", de G. VERDI. En el contexto de este acontecimiento, solicité a los integrantes de la OSEM-UNAM, un texto, de no más de 2 cuartillas, en el que plasmaran su vivencia o reflexión sobre el estudio y la exposición pública de la obra referida. Informé a los integrantes inscritos en la asignatura "Conjuntos Orquestales", que puede ser calificada por su pertenencia a la OSEM-UNAM, que el escrito de marras tendría el valor de un (1) punto en la caificación semestral.
Todos me entregaron sus textos, bastante emotivos la mayoría de ellos y, de manera invariable, manifestando lo mucho que la participación en el estudio y la exposición pública de esa célebra página verdiana, significó en sus vidas.
A continuación, comparto algunos de esos textos, todos con la anuencia de sus respectivos autores. Se presentan por orden alfabético.
Crónica de una muerte anunciada, ronda por mis recuerdos esta obra de Gabriel García Márquez, y la
asocio ahora, tal vez, por el rumbo que apunta este escrito y la temática precisamente
de la misa de Réquiem, la muerte. En el título de este libro se nos indica
todo: hay una muerte por suerte de asesinato, no hay novedad en ello; desde el
inicio se nos adelanta el “final”del libro, y en este caso, cuando sabemos el , nos
preocupamos por el porque, pienso, ahí reside lo artístico, lo
verdaderamente trascendente. No la maestría con que podamos memorizar el
alfabeto completo, o el poder articular palabras a una velocidad ininteligible,
sino la capacidad para poder crear y apreciar con ellas la bella poesía, el
goce del lenguaje por las palabras mismas. En este mismo sentido puedo afirmar
que al hablar sobre Verdi y su Réquiem, al menos para mí, no necesito saber qué
gran obra estoy a punto de escuchar. De nada serviría dejarme llevar por su
incuestionable fama para describirla si nosignificara nada para mí; su importancia radica precisamente
en la huella que me ha dejado tras interpretar y ser partícipe de su creación.
Particularmente
esta obra contiene y me satisface en varios aspectos: contrastes y minuciosidad
en los detalles; líneas melódicas que parecen traer noticias de lo más profundo
de nosotros mismos, como si NO fuera cierto que vivimos tan distanciados de uno
mismo; una violencia exacerbada, de verdad, vigorizante sin necesidad de
faramallas de ningún tipo; miedo; y una paz que es difícil de describir y
disfrutar (a veces) fuera la obra, pero que deja la satisfacción que la energía
que transmite no muere con el último acorde de la obra, sino que dura más,
mucho más y se queda consolidada en nosotros como información valiosa.
Curiosamente mis
partes favoritas de la obra son recitativos y partes corales. Y digo
curiosamente porque uno esperaría que las partes con más “acción” fueran las
preferidas para un tubista que pasa contando compases más de media obra, a lo
que puedo responder que ciertamente los momentos climáticos en esta pieza son
espectaculares en ambos lados del escenario, pero también hay momentos de
introspección, de epifanías y serendipias. Esos momentos de comunicación
íntegra de uno mismo que mencionaba líneas arriba yque, quizá, por lo simbólicas y significativas que han sido
para mí, llegué a valorar tanto. Pero fuera de mi contexto personal, estoy
seguro que este contacto está implícito dentro la música misma, y que alguno
que otro afortunado ha podido y podrá encontrar concilio; cada quien en
diferentes lugares, respondiendo de igual forma a distintas cuestiones pero, al final, no podrá pasar por alto todo lo que la música nos
dice y cuestiona. Claro, a no ser que no quiera oírlo.
A grandes rasgos
este es mi juicio valorativo y mi experiencia con esta obra. Incluso me resulta
difícil expresar en palabras lo que presencié por medio de un lenguaje
inarticulado, independientemente del texto y el significado concreto de sus
palabras; el discurso completo, el tejido maravilloso resultante, es el cómo que se convierte en trascendental por medio de la experiencia
personal.
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Omar
Felgueres Albarrán, violinista, Principal de Violines II.
Escrito sobre Réquiem de Verdi
22 de
Octubre de 2015
Hola maestro. Necesitaba escribir
esto justo después de haber estado en el ensayo general del Réquiem,
disfrutando de una copa de vino y recordando todo lo sucedido ese día, el cual
ha quedado “impreso en mi memoria poética” como dice el buen Kundera.
Primero que nada me siento demasiado
feliz y emocionado de formar parte de un fenómeno de tanta magnitud. No puedo
creer que tanta gente esté junta reviviendo una obra de ese tamaño. Desde que
escucho las primeras notas de los cellos, el coro apenas susurrando y esa
melodía de los violinestan melancólica
y cargada de sentimiento, empiezo a sentirme vivo y conmovido. No puedo
comprender la conjunción de ver cómo sus manos se mueven con una fluidez y
suavidad “mágica” y cómo todos se conectan, haciendo lo que cada quien sabe
hacer; con todo y nuestros problemas, virtudes y bla bla bla… ahí estamos,
juntos, conectados como si fuéramos un Universo.
Sepa usted que tocar un Réquiem para
mí ha sido una de las experiencias más extrañas y sublimes. Sepa usted que mi
vida después de esto no es la misma. Que recuerdo a mi hermano Alan quien
falleció a los 21 años y que de alguna forma creo que su
esencia sabe que estoy ahí, viviendo esto y pensando en él. Escuchar las voces
de tanta gente junta y la de esos solistas, sólo hace sentirme muchísimo más
humano y vulnerable a éstos fenómenos sonoros que difícilmente comprenderemos
del todo. En éste primer ensayo durante el intermedio segundos después de haber
parado de tocar me quedé helado… Sabía que lo que estábamos haciendo era un
rollo demasiado denso… Me quedé ensimismado, introspectivo y con mis
sentimientos completamente desnudos. No me importa que me critiquen y que digan
que me tomo las cosas muy en serio, pero llegó a desbalancearme y molestar un
poco que después del intermedio todos se desconectaran y volvieran tan rápido y
fácil a su cotidianeidad, riendo y hablando normalmente después de haber vivido
algo tan serio e indescriptible… Pero supongo que así debe ser, más vale
desconectarse rápidamente de todo esto porque los resultados pueden ser
devastadores…
Pienso en mí y en todos, en que todos
vamos a morir. En la gente que muere cada día, los que mueren o no de forma
violenta y lo doloroso que es cada pérdida. ¡¿Cuánto sufrimiento existe día a
día, hora tras hora en todo el mundo?!
Sin embargo ahí está éste Réquiem,
éste momento, eso que cada quien comprende o no a su manera y somos testimonio
de lo poderoso e inconmensurable que es para nosotros el arte, la Vida y la
Muerte.
Muchas gracias maestro, por ser parte
de esta avalancha de sensaciones. Mi vida no es la misma desde estos días. Por
Alan, por usted, por mis compañeros de orquesta, por mí, por los muertos.
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GESSAEL GARCÍA PICAZO, flautista/piccolista
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Quisiera comenzar este escrito agradeciendo la oportunidad de haber sido
parte de esta experiencia, ya que desde que era niño, en mi pueblo
(Chignahuapan, Puebla) no teníamos prácticamente ningún contacto con la música
mas que la banda de marcha de mi escuela de la cual ya formaba parte y me
divertía mucho tocando ahí pero siempre sentía que no todos estábamos en la
misma sintonía en torno a la música, así mismo recuerdo que pasaba muchas horas
viendo televisión cuando tenía alrededor de 10 a 15 años y en mis largas
jornadas de pérdida de tiempo lograba pasar por el canal de la UNAM y con
suerte encontraba un concierto de la OFUNAM en la sala Nezahualcóyotl, mis ojos
no podían creer que tanta gente pudiera estar tocando a ese nivel en ese lugar
tan majestuoso. Con el tiempo eso se convirtió en un incentivo para
involucrarme más en la música y probablemente sea la razón por la que decidí
estudiar esto.
La
primera vez que escuche al maestro Sergio Cárdenas mencionar que tocaríamos el
Réquiem de Verdi en la sala Nezahualcóyotl el niño de 10 años dentro de mí se
levantó del sillón, donde solía recostarse a perder el tiempo, se levantó y
saltó de felicidad pues tendríamos la oportunidad de cumplir ese sueño que nos
parecía tan lejano. En ese momento no conocía la obra pero me imaginaba que no
sería algo fácil, con el tiempo fui conociéndola y me di cuenta de lo grande e
intensa que es, también logré percatarme de lo expuesta que estaba la parte de
piccolo y aunque sabedor de lo difícil que es el instrumento y de la poca
instrucción que tenía en él, algo dentro de mi dijo : “yo quiero hacer eso” y
aunque seguramente sería un gran reto (y lo fue) estaba dispuesto a intentarlo,
con el tiempo logré tener la responsabilidad de tocar esa parte y en verdad
significó mucho para mí.
Fue la
oportunidad que estaba esperando alrededor del piccolo y que gracias a esta
experiencia hasta he decidido comenzar a instruirme en el arte de este pequeño
instrumento y hasta he llegado a pensar en encaminar mi carrera como flautista
hacia el ser uno de los mejores piccolistas del país.
Desde el
día del primer ensayo con los cantantes mi corazón latía un poco más rápido de
lo normal ya que no podía controlar la emoción que sentía al estar en ese lugar
escuchando esas voces que me llegaban muy dentro, y ese momento donde a
diferencia de la banda donde comencé la música, aquí si pude experimentar la
sensación de saber que todos estábamos comprometidos con ese mismo objetivo, lo
que me hizo reafirmar porque estoy en este mundo tan complicado pero tan bello
a la vez.
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ANNA BERNICE NAVARRO ANTUNA, violinista, Violín I
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Requiem de Verdi
El
Requiem de Giuseppe Verdi, una de las obras más representativas del compositor
italiano, fue presentado en 1873 en conmemoración a la muerte de Alessandro
Manzoni, amigo escritor de Verdi cuya muerte lo había impresionado.
Esta obra, de gran
contenido musical y expresivo, es una de las composiciones sacras que más me
gustan, por lo musical y por su finalidad: un ruego por las almas.
La muerte es la
culminación de un proceso, termina la vida en este mundo y comienza una vida
eterna, es un momento muy importante porque puede ser la condenación eterna
para unos, o la felicidad eterna para otros.
No hay ningún ruego que
pueda decir alguna persona para salvar a otra, pero creo que la oración del
Requiem va más allá de pedir por el alma del difunto, es una oración que abre
los ojos hacia tu realidad como humano, como pecador, como ser imperfecto y
finito en este mundo, pero que un día podrá llegar a la morada del ser
perfecto, de Dios.
Verdi, a mi parecer, logró
imprimir en la música el significado del texto de una manera excepcional. por
lo que tocar esta obra fue una experiencia de mucho aprendizaje para mí.
El maestro Cárdenas
siempre habla de que la música no puede estar bien tocada sin que antes haya
tenido un significado para el que la toca, y esto es algo que he estado
reflexionando desde la primera vez que lo escuche decir, pero que no había
tenido tanto significado como ahora, cuando tocamos el Requiem. No fue desde el
principio. El día que empecé a comprenderlo fue el día del primer ensayo en la
sala Nezahualcoyotl; al escuchar la fuerza del coro y tocar
con la orquesta el Dies Ire, ocurrió en mí una sensación extraña, algo que me
hizo sentir como si tuviera mucho tiempo tocando esa obra, como si la supiera
de memoria, de pies a cabeza, y que me hacia no pensar en notas, sino en
música.
Los dos conciertos me
causaron reacciones diferentes, el del día 23 de octubre, antes del concierto,
me encontraba muy concentrada y un poco nerviosa, expectante de la reacción del
público, pero al momento de tocar logré olvidarme de todo y expresar el
significado que tenía para mí esa música.
El día 25 fue diferente,
me sentía más relajada antes de comenzar a tocar y durante el concierto traté
de escuchar y de empastarme con el resto de la orquesta, sin perder el
significado que tenía para mí esa música. Fue un poco difícil tocar,
empastarme, por que creo que todos tenemos “revelaciones” diferentes, y a veces
ni siquiera la tenemos, y esto último reprime de alguna manera el significado
que le dan a la música el resto de los compañeros y no permite que se
transmita. Aun así creo que el maestro Cárdenas hace un trabajo excepcional, y
nos transmite su significado al momento de dirigir, lo cual nos unifica y logra
que toquemos música y no solamente notas.
Nunca me había detenido en esos aspectos de su vida, digamos,
más íntimos y personales, así que decidí hurgar en los recuerdos del director
de orquesta Sergio Cárdenas, hoy, cuando vive “un momento cúspide de madurez
musical”.
“Qué
fascinante historia”, recuerdo que pensé, mientras escuchaba su relato.
Le
había pedido a Sergio Cárdenas que me contara sus recuerdos de infancia, sus
inicios en la música; en fin, cómo se había decantado hacia la dirección
sinfónica.
Mientras
iba desvelando fragmentos de su vida, yo no dejaba de repetir, para mis
adentros, frases como “qué increíble”, “qué fascinante”, “qué historia de
éxito”.
Verán:
no era la primera vez que charlábamos; sin embargo, sí era la primera vez que
hurgaba en sus recuerdos. Habíamos conversado del fenómeno del sonido, de
álbumes publicados por él, de su faceta como compositor, de su postura política
y estética, de su incursión en la escritura; empero, nunca me había detenido
—en el tiempo que llevo conociéndole— en estos aspectos de su vida, que eran,
digamos, más íntimos y personales.
De
cierta forma, tenía la impresión de que conocía esos detalles de su vida.
Supongo que tenía que ver con la información que entonces había leído sobre él
en recortes de periódicos y revistas. Datos que, con el tiempo, habían sido
reforzados por las facilidades actuales de la web.
Extensa, y rica, y prestigiosa trayectoria.
Pero
eran eso (son eso): datos e información que daban cuenta del “qué” y no del
“cómo”. Semblanzas breves, o biografías abrumadoras —de páginas y páginas, de
caracteres y caracteres— que resumían (resumen) la extensa, y rica, y
prestigiosa trayectoria de Sergio Cárdenas.
Porque,
en efecto, no hay que darle muchas vueltas: hoy por hoy, él es, sin temor a
equivocarme, el más sobresaliente director de orquesta que tenemos en México.
Su extensa trayectoria así lo avala. De hecho, no hay en este momento, en
nuestro país, un director con su historial.
Veamos.
Sergio Cárdenas es director de orquesta, compositor, director de coros, y
profesor. También es articulista, ha escrito libros, traduce poesía, y ha sido
un incansable promotor cultural (por ejemplo, dirigiendo festivales, así como
ciclos de música de cámara).
Desde
hace 40 años —sí, ¡40 años!— ha ejercido de director sinfónico. Ha estado al
frente de la Sinfónica de la Universidad de Música Mozarteum, de Salzburgo,
Austria (1975-1979); de la Sinfónica Nacional (1979-1984); la Sinfónica de Hof,
Alemania (1985-1989); de la Filarmónica del Bajío / Filarmónica de Querétaro
(1986-1997); Orquesta Sinfónica de El Cairo, Egipto (2003-2004); y Orquesta
Sinfónica Estanislao Mejía de la Facultad de Música-UNAM (2005 a la fecha).
Además,
como director huésped también ha dirigido notables agrupaciones orquestales;
entre ellas la Philharmonia Orchestra (Londres), y las Filarmónicas de Munich y
de Stuttgart (Alemania), las Sinfónicas de Radio Leipzig (Alemania), Cracovia y
Katowitz (Polonia), y la Orquesta de Cámara de Lituania.
Y
no sólo eso: el catálogo de sus composiciones abarca alrededor de 120 obras
para diversas combinaciones instrumentales y/o vocales, que, en su mayoría, han
sido ya estrenadas, al igual que otras tantas también ha sido ya grabadas.
Todo
esto lo ha logrado sin perder un ápice de sencillez, generosidad, afabilidad.
Características que lo describen de cuerpo entero hoy, y, de cierta manera,
desde que caminaba en la árida Ciudad Victoria (Tamaulipas) de su infancia, en
donde nació en 1951.
Porque
fue justamente ahí, en su ciudad natal, y siendo todavía un púber, donde hizo
su debut hace ya cinco décadas, dirigiendo un coro infantil —organizado ad-hoc— para el anual concierto de
Navidad de la Iglesia Nacional Presbiteriana Luz y Salvación.
Porque
fue justamente ahí —en aquella ciudad hoy lejana— donde comenzó todo para él, y
donde comienza (para nosotros) esta historia…
Eso
sí: lo primero que dijo el maestro, cuando le pedí que me rememora aquellos
primeros pasos, fue toda una declaración de intensiones:
Por
razones que yo ni entonces ni ahora me he explicado, y que entiendo como la
manifestación de una necesidad interior, siempre quise hacer música.
Éstas
fueron sus primeras palabras, como para dejar en claro y patente su pasión por
lo que hace. Unos segundos después, se dirigió ya hacia el pasado:
¿Sabes,
José David? —me contó—, yo provengo de una familia que, durante largo tiempo,
fue de escasos recursos. Se podría decir, incluso, que llegamos a estar en una
situación de extrema pobreza, en serio. Nosotros apenas teníamos colchones para
acostarnos… Aun así, mi madre hizo un enorme esfuerzo y me llevó, cuando tenía
8 o 9 años, con una señora que enseñaba piano, para ver si me daba clases. Ella
le preguntó a mi madre si teníamos piano en la casa, y, como le dijo que no,
simplemente le respondió: “Entonces, no me interesa.”
Dicho
esto, hizo una pausa para darle un trago a su bebida. (Estábamos en una
cafetería, así que el bullicio en el lugar subía y bajaba en intensidad, de
manera bastante caprichosa.)
El
maestro continuó: así que ahí se acabó toda la historia con ella —dijo, y
esbozó una sonrisa irónica—; lo interesante del asunto —prosiguió— es que había
estado yo asistiendo a muchos ensayos de un coro que se formó en esa época. Mi
madre me llevaba con frecuencia a escuchar esos ensayos, porque en el desierto
cultural que era Victoria en aquel entonces, ¡un desierto total!, era lo único
que había que no fuera la pachanga, la borrachera o cosas por el estilo. Yo
tendría unos 10 años. De tanto asistir, y de tanto estar oyendo, me aprendí
muchísimas obras, coros de ópera, villancicos navideños… ¡Y todo de oreja!,
pues no sabía leer notas ni nada de eso, ¿lo puedes creer?
Yo
iba a decirle que sí, pero sólo balbucí un tímido “¡wow!”.
El
maestro siguió su relato: Pero entonces, un día, en el verano de mis 14 años,
la que era directora del coro en nuestra iglesia emigró, se fue a Matamoros…
donde había encontrado trabajo. Así que, de pronto, nos quedamos sin coro, lo
cual nos dejó un poco vacíos porque cantaban en Semana Santa, Navidad, en
domingos. Y lo más alarmante: la gente se dio cuenta de que nos habíamos
quedado sin coro para el concierto navideño… Fue ahí, y así de la nada, que
dije: “Yo organizo un coro.”
Aquí
le interrumpí: ¿No le sorprendió que le dejaran hacer eso?
¡Por
supuesto! —expresó, con una sonora carcajada, el maestro Cárdenas—. Pero lo que
más me sorprendió —continuó narrando— fue verme a mí organizando un coro, así,
sólo de oreja. “A ver, ustedes serán primera voz, y ustedes segunda.” Yo tenía
14 años, y estaba dirigiendo un grupo de 20 o 25 chicos y chicas que tenían, de
igual manera, 13 o 14 años. Yo nunca había estudiado música. Nunca me había
dicho nadie cómo se dirigía un coro. Nada… Yo creo que fue una reacción, quizás
inconsciente, de seguro que espontánea, a una necesidad personal. Y, eso sí,
estoy convencido de que esa necesidad radica en todo ser humano, de una u otra
manera.
Me
pareció prudente volver a interrumpir: ¿A qué necesidad se refiere, maestro?
A
la necesidad —dijo, con voz suave— de llegar a esos niveles del misterio, de lo
indescriptible, de lo inasible, de lo que es fugitivo, de lo que queda tanto
tiempo en nosotros a pesar de esa fugacidad, que es lo que nos sostiene
interiormente…
§§§
Durante
una hora o así, Sergio Cárdenas fue contándome algunos de los pasajes más
significativos de su niñez, adolescencia, sus sueños o aspiraciones. Lo hacía
con tanta gracia y honestidad, que en un momento pensé: “Si verlo dirigir es un
deleite, platicar con él también lo es.”
Al final, no fue político ni pastor.
Por
ejemplo, me contó cuando un procurador —¡y no una vidente!— le auguró un futuro
promisorio. Fue después de haber organizado una kermés para juntar algo de
dinero y mandar a hacer un busto de don Justo Sierra —uno de los personajes más
influyentes de la historia moderna de México—, ya que su colegio llevaba ese
nombre.
No
teníamos ninguna figura de él —me dijo, con una sonrisa, Sergio Cárdenas—, así
que me pareció lógico encargar una. Yo tenía 15 años. Desde luego, invitamos al
gobernador del estado para inaugurarla, pero no pudo ir; mandó al procurador de
justicia. Recuerdo que leí un discurso. Al final de la ceremonia, se me acercó y
dijo: “Oiga, usted va a ser gobernador del estado.” Y yo: Pero, ¿por qué dice
eso? Y él: “Pues por lo que acabo de ver, por lo que ha hecho, y luego ese
discurso. Usted es político.” ¡Imagínate eso!
Dijo
esto, y soltó una carcajada contagiosa.
Cincuenta
años después de aquella predicción, para fortuna nuestra, Sergio Cárdenas no es
un político, tampoco un pastor. En un momento de su adolescencia, me contó,
pasó por su mente convertirse en uno. Sucedió cuando llegó aquí, a la Ciudad de
México, para tomar un curso de verano en el Seminario Presbiteriano.
Descubrí,
para mí, que yo quería ser pastor (en la iglesia protestante). Y empecé a
enfocarme en eso —recordó Sergio Cárdenas con cierta añoranza—. Así que, para
empezar, quise entrar al Seminario. Pero necesitaba terminar la preparatoria,
ya que es nivel licenciatura… Sin embargo, también en el Seminario había cursos
de música sacra. Medité: “Seguramente la música, el día que yo ya sea pastor,
me va a ayudar en mi trabajo.” Y no sólo esto: como ya había dirigido el coro,
y cantaba mucho en coro, me metí. Así fue como comencé a estudiar música, a los
16 años. Por lo menos para mí, llevaba diez años de retraso.
Lo
que pasó después fue vertiginoso. Tras iniciar de manera formal sus estudios
musicales en la Escuela de Música Sacra del Seminario Teológico Presbiteriano,
continuó en el Westminster Choir College, de Princeton, donde se licenció en la
especialidad de canto, para después obtener su maestría en dirección coral.
De
igual forma, Sergio Cárdenas se graduó en dirección orquestal de la famosa
Universidad de Música Mozarteum, de Salzburgo. Y continuó su preparación al
asistir a cursos de perfeccionamiento musical en dirección orquestal impartidos
por Herbert von Karajan, Witold Rowicki y Sergiu Celibidache. (Una triada, en
efecto, monumental.)
¿Sabes,
José David?, a lo largo de mi vida han habido decisiones importantes que he
tenido que tomar, algunas de ellas verdaderamente determinantes —me dijo, en un
momento dado, Sergio Cárdenas—. Cuando estaba terminando la carrera de
dirección orquestal, por ejemplo, recibí una carta de mi padre en la que decía
que la situación económica de la familia estaba por los suelos… Me pedía que yo
regresara, para que me pusiera a trabajar en la papelería que tenía, ¡y que
dejara todo! No fue fácil, pero le dije no… Sé que fue la decisión correcta.
Tenía ya una maestría, y estaba a punto de terminar la especialización en
dirección orquestal. “Papá, lo siento mucho. Con todo el dolor de mi corazón,
no voy a regresar… No voy a dejar esto”, le escribí…
El
maestro Cárdenas, entonces, hizo una pausa. Yo iba a comenta algo, pero dejé
que continuara.
El
día que me titulé —prosiguió—, el día que fui a recibir mi título como director
de orquesta, el rector de la entonces Escuela Superior de Música y Arte
Dramático Mozarteum (hoy Universidad de Música Mozarteum), me dijo: “Hemos
decidido ofrecerle la dirección titular de la orquesta de la institución.”
Tenía 24 años. Iba a ser director de orquesta titular. Y en la ciudad donde
nació Mozart…
¿Y
dónde quedó lo de ser un pastor?, balbucí, tratando de no interrumpirle.
El
maestro soltó una carcajada. Luego, dijo: Bueno, de pronto me quedó claro que
mi vocación estaba en otro lado. Eso sí: nunca me propuse ser director de
orquesta, así, como tal. Las cosas me fueron guiando, y ahí caí…
Esto
me llevó a plantearle un punto fundamental (o eso me parecía): ¿Cualquiera
puede ser, entonces, director de orquesta?
El
maestro movió la cabeza de un lado a otro. No —dijo—. Definitivamente no.
Volví
a la carga: ¿Se nace, entonces, para ello?
El
maestro se quedó pensativo.
Yo
creo que, en gran medida, sí —dijo, al cabo de unos segundos—. Y se puede
depurar siempre. Pero no cualquiera puede serlo. A mí me encanta la pintura;
sin embargo, ni remotamente voy a ser pintor… Sé mucho de pintura, y tengo
amigos pintores, pero no por eso me pondré a pintar, aspirar a ser uno de
ellos. Eso no puede ser. Alguna vez entrevistaron a la esposa de un famoso
cantante, quien, de un día a otro, se puso a dirigir escena en producciones
operísticas. Un día le preguntaron: Usted, ¿dónde estudió dirección de escena?
Ella respondió: “Yo no necesito estudiar, yo he visto muchas óperas. Con eso me
basta.” O sea, ¿yo puedo ir al hospital todo los días y con eso convertirme en
un cardiólogo? ¿De qué estamos hablando?
§§§
Creo
que no lo he dicho: el motivo principal que nos había impulsado a buscar al
maestro Sergio Cárdenas, es que varias efemérides que están marcadas en su
biografía artística se han ido cumpliendo en 2015. Por ejemplo, sus 10 años de
profesor titular de carrera en la hoy Facultad de Música de la UNAM, y como
director artístico de su Orquesta Sinfónica (la Estanislao Mejía).
Asimismo,
cumple 30 años de haber ganado el concurso para ocupar la dirección titular de
la Orquesta Sinfónica de Hof (Alemania). También 30 años de su debut como
director huésped de la legendaria Staatskapelle Weimar (Orquesta Estatal de
Weimar, Alemania), y los mismos 30 de su debut como director huésped de la
Filarmónica de Cámara de Polonia, con la que ha grabado tres álbumes con obras
de su autoría.
De
igual manera, cumple 40 años de haber sido designado director titular de la
Orquesta Sinfónica de la hoy Universidad de Música Mozarteum, de Salzburgo. Y
claro, los 50 de su debut como director (con aquel coro juvenil en su terruño).
Así
que, en cierto momento, le pregunté por todo esto, qué sentía, en qué etapa de
su vida y de su carrera él sentía que se encontraba. Y, sobre todo, si pasó por
su imaginación, hace 50 años, estar en el lugar en el que hoy está, convertido
ya en el más sobresaliente director de orquesta de nuestro país.
Gracias,
dijo el maestro Cárdenas, con una cálida sonrisa, tras decirle esto, y se quedó
en silencio unos segundos.
Yo
aclaré: No dije el más famoso, que para eso están los relacionistas públicos y
el dinero familiar aquí en México, sino alguien con su historial y su trabajo.
El
maestro asintió, y soltó una carcajada.
Entiendo
a qué te refieres, dijo, y volvió a guardar silencio. Yo creo…, comenzó a
decir, y se detuvo. Yo siento…, empezó a decir de nuevo, y volvió a
interrumpirse.
Miró
de reojo por la ventana, y luego me miró.
Yo
estoy convencido —dijo, una vez que halló las palabras exactas— de que me
encuentro en un momento cúspide de madurez musical…
(Lo
dijo en un tono suave, sin pretensión alguna.)
Al
mismo tiempo —añadió—, tengo la sensación de que, al menos en México, me siento
sobrado; es decir, como que esta conciencia que tengo del momento en el que me
encuentro es algo que aquí, en este país, no interesa. O sea, yo le sobro al
país. No soy alguien que aquí se necesite o que sea reconocido de alguna forma…
O, mejor dicho, cuyo trabajo verdaderamente sea apreciado.
Dijo
esto, y se llevó el vaso a sus labios. Bebió. (Supongo que vio la confusión en
mi rostro, porque se apresuró a continuar.)
La
UNAM, en efecto, me ha dado mucha confianza, ha confiado en mí, y lo sigue
haciendo —me explicó—; hemos tenido grandes proyectos para este año, y el que
sigue ya se está armando. Por lo pronto, tenemos ya la invitación a Berlín para
el siguiente año. A diferencia de la Mata, de la Sinfónica, y todas esas
orquestas que van y compran las salas para poder tocar en Europa, a nosotros
nos invitan… ¡Yo no he pagado ni un centavo para poder tocar en Europa! Así que
el resultado que tuvimos en la presentación del año antepasado fue de tal
magnitud, que nos han vuelto a invitar para 2016. Ya se están vendiendo las
entradas. Y para mi fortuna, y para fortuna de la UNAM y de la Facultad de
Música, el concierto ya se incluyó en el programa oficial de México, ya que
2016 será el año dual México-Alemania. Espero que no haya broncas políticas que
puedan echar abajo esto, aunque estoy un poco tranquilo porque la invitación
vino directamente de Alemania.
Me
pareció prudente volver interrumpirle: ¿Cree que eso pueda ser factible, aún?
El
maestro dibujó una sonrisa sarcástica. (A mí me dio la impresión de que me miró
con tono compasivo, o quizá ternura.)
Tú
y yo sabemos, José David, que en este país todo es posible —respondió casi de
forma inmediata—. Tú sabes que viví el ostracismo total cuando tuve que dejar
la Sinfónica Nacional, cuando tuve que salir de Bellas Artes por presiones
políticas. Yo tenía varios contratos para dirigir algunas orquestas del país…
pero, en cuanto se supo que yo había tenido que salir de la Sinfónica, se
vinieron abajo todos esos contratos apalabrados, y las invitaciones. Había
caído de la gracia del sistema, de alguna manera… Y no vamos a hablar de si fue
justo o injusto; simplemente alguien decidió que yo tenía que salir y, ¡pum!,
se acabó la historia. Sin embargo, en este caso, insisto, la invitación vino de
Alemania. Eso me deja más tranquilo.
Además,
sería un error, un suicidio, hacerlo —prosiguió el maestro Cárdenas—… Porque el
éxito que conseguimos fue abrumador. Si de algo estoy orgulloso, es de la
creación de esa orquesta con la que fuimos a Berlín; le demostré a todo mundo
qué se podía hacer con chavos mexicanos, formados aquí; demostré que se podía
armar una orquesta de altísimo nivel, mucho mejor que las otras… esas que están
llenas de extranjeros y con mediocres directores extranjeros y demás…
Aunque
el día era sumamente agradable, y nuestra conversación lo era aún más, decidí
pedirle una reflexión última: ¿Cuáles son los retos para Sergio Cárdenas?
Seguir
adelante, José David —respondió—. Es eso: seguir adelante —repitió—, no perder
esperanzas, y seguir trabajando con la integridad con la que he hecho mis
cosas. Ojalá para el siguiente año, después de ir a Alemania con la Orquesta de
la Facultad, se puedan encontrar unos mecanismos de apoyo que hagan posible, de
verdad, un trabajo serio y a fondo. Que no nos suceda lo mismo, ya que luego
del tremendo éxito que tuvimos en Alemania, y también por el interés de los
chavos, estuve tocando todas las puertas posibles para que se pudiera mantener
el grupo. Fue imposible, a nadie le interesó apoyar un proyecto de esa
naturaleza. A nadie.
Hizo,
entonces, una pausa. Y finalizó:
Hay
que hacer un trabajo serio, hay que hacer un trabajo a fondo, que tenga que ver
con este potencial tremendo que tiene la juventud mexicana en la música. Ya que
a pesar de la crisis que tenemos, cada vez existe una mayor demanda en este
tipo de manifestaciones. Porque esas necesidades interiores encuentran su
cauce, su camino, su vía, en justo estas manifestaciones que les permiten
llegar a otras riquezas que su contexto social no se los da.
Nota bene: El mismo Sergio Cárdenas
lo escribió hace unos días en su blog: “La primera vez que me presenté como
director concertador en la Ciudad de México al frente de un ensamble musical
profesional, fue el 18 de junio de 1977 en la Sala Nezahualcóyotl de la UNAM,
dirigiendo el oratorio sacro Mesías,
de G. F. Haendel.” La noticia es que lo hará de nuevo: en la misma sala, el
viernes 4 de diciembre (de 2015), conducirá la misma obra —joya de la
literatura universal— con el Coro del Seminario Teológico Presbiteriano de
México y con la Orquesta Sinfónica Estanislao Mejía de la Facultad de
Música-UNAM. Será a las 20:30 horas.
Oficios ejercidos: reportero, editor, jefe de información,
periodista. De vocación iconoclasta. Con una curiosidad fulgurante:
quiere ver, y conocer, y tocar, y frecuentarlo todo.