viernes, 8 de mayo de 2020

La Canción que Nunca Diré

Compuesta sobre el hermoso poema "Verlaine",  de FEDERICO GARCIA LORCA, esta pieza es una de las que compuse durante mi primera estancia en el Banff Centre for the Arts, de Canadá, como ARTISTA EN RESIDENCIA, gracias a una beca de residencia otorgada por el FONCA. Dedicada a mi querida amiga y mecenas, la pianista ELISABETH KITTEL (Ansbach, Alemania, *1925-2020), la concluí el 22 de mayo de 1997.
Fue estrenada mundialmente y de manera magistral, por la soprano mexicana GABRIELA HERRERA y el pianista alemán Stephan Hess, en el Instituto Iberoamericano de Berlín, Alemania, el 26 de enero de 1999, en el marco del festival Schauplatzmuseum. El concierto de esa fecha, fue gestionado por la periodista y escritora alemana Ortrun Egelkraut, gran amante de México.










FILARMÓNICA de QUERÉTARO; algunas fotos.

Fotos de la época al frente de la FILARMÓNICA DE QUERÉTARO (antes: Filarmónica del Bajío),. que me fueron proporcionadas hace un par de años por John Lazos, quien fuera flautista principal de la Filarmónica.


                                              En el Auditorio Josefa Ortuz de Domínguez
                                      En el templo de San Agustín, de la capital queretana
                         En el Auditorio Guelaguetza, Cerro del Fortín, Oaxaca de Juárez, Oax.
                                           En el templo de San Agustín, de Querétaro, Qro.
        Llegando al aeropuerto de Oaxaca de Juárez, Oax, para protagonizar el Festival de Oaxaca


jueves, 7 de mayo de 2020

Música bajada del espacio



MÚSICA BAJADA DEL ESPACIO

                                                         “...y más inexpresables que nada son las         
                                                                obras  de  arte, esas entidades secretas
                                                                en  las  que  la  vida  no termina y que                                                                                                          superan la nuestra, que pasa”
                                                           (R.M. Rilke en “Cartas a un joven poeta”, Carta 1)               
                


   Cuando en cierta ocasión mostraba a un amigo entrañable el inicio de la Séptima Sinfonía, en Mi-mayor, de Anton Bruckner,  su primer comentario fue: “ Parece como si tomara la melodía del espacio, del cosmos mismo”.

   En efecto, Bruckner se elimina así mismo para dejar que el cosmos lo use como instrumento para expresarse; por ello su música me parece natural, fluida, seduciéndonos con su enorme capacidad de dejar que sean sólo los “atributos” del fenómeno musical los que se manifiesten. En esto Bruckner se anticipó a Rilke quien, nuevamente en sus “Cartas a un joven poeta”, aconsejó a Kappus “recoger el sonido sin forzar el significado”.  Acertada la observación de Rilke, sobre todo si se aplica a la música donde el sonido, per se, no es el significado.  Por su parte, Mahler, quien fue un decidido promotor/defensor de Bruckner, decía: “En la partitura está todo, sólo falta lo esencial”.

                                                        Anton Bruckner

   En el descubrimiento del significado está, pues, la meta de todo creador.  Para llegar a este punto hay que recorrer un largo camino, emprender estudios que nos ilustren sobre el rigor de la naturaleza, aprender el lenguaje del universo que, a la larga, será también el universo del creador, ir más allá de lo ya dicho y, así, penetrar en las profundidades del cosmos, solo para sondear las profundidades del alma propia al entrar en sí mismo.

   En su solitaria lucha para alcanzar estas preciadas metas artísticas, a Bruckner le fue permitido el conocimiento de bellezas hasta entonces vagamente introducidas, pues caminó inexorablemente y sin temor a lo inexplicable hacia el encuentro con su destino.  Cuando llegó a este punto procedió a plasmarlo en el papel pautado.  Hoy la obra sinfónica de Bruckner  se corrobora como un hito en el sinfonismo europeo, con muchas de las más bellas páginas jamás escritas; se trata, sin lugar a dudas, de uno de los verdaderamente grandes de la composición musical en su más pura expresión.

   En el devenir bruckneriano es el estreno de su Séptima Sinfonía en Munich en 1885 (el autor tenía 61 años) el que marca en  definitiva su establecimiento como compositor europeo (es decir, ya no solo austriaco) de primer nivel; a partir de entonces su obra fue aplaudida en toda Europa y, hoy, vive una especie de renacimiento.

    Primera página de la partitura de la Sinfonía no. 7, en Mi-mayor, 
 de Anton Bruckner

   La composición de su Séptima Sinfonía la inició Bruckner en septiembre de 1881, terminándola dos años mas tarde, en septiembre de 1883 (paralelamente compuso el “Te Deum”).  En este período continuó su relación con Wagner, a quien visitó en 1882 en Bayreuth asistiendo al estreno mundial de “Parsifal”.  La noticia de la muerte del también autor de “Lohengrin” sorprendió a Bruckner cuando estaba por terminar el célebre Adagio de esta sinfonía, lo que motivó la composición de un conmovedor canto fúnebre con el que concluye este Adagio.  Uno de los más hermosos Adagio de toda la literatura sinfónica, este de la Séptima de Bruckner nos cautiva con una cantabilidad dramática expansiva en la que se reconoce la esencia del “melos” bruckneriano en su máxima expresión.

La melodía que abre el primer movimiento de esta sinfonía es, en la historia de la música orquestal, un auténtico hallazgo,  por no decir innovación: 24 compases que uno, como mencioné al principio, de veras piensa que “ya estaban allí”, compases que de inmediato nos atrapan y no “nos dejarán ir” nunca más.  Es una melodía que “respira” largamente, con amplitud y tranquilidad místicas, definiendo la felicidad  de un  alma  transfigurada  y  plena de  gozo,  melodía  que  se desenvuelve en una progresión armónica que no por lo rica e intensa deja de ser suave y sutil. Una balanceada alternancia de este primer tema con los otros dos del movimiento hacen de él un movimiento redondo.

   El tercer movimiento, “Scherzo”, se aferra con penetrante obstinación a dos figuras rítmicas vigorosas y compactas, las cuales son acertadamente contrastadas con la amabilidad del “Trío”, en el que sobre un colorido manejo de la armonía, fluye una melodía sujeta al compás de tres/cuartos de un “ländler”.

   El movimiento final es un movimiento altamente contrastante, no sólo por el uso de los dos temas principales sino también por el manejo del aparato orquestal. Mientras el primer tema  es conciso y con un marcado movimiento de ritmos punteados, el segundo contiene una cantabilidad que se nos presenta en la forma de un “coral protestante”, como lo hacía Bach ( resulta interesante observar esta influencia “protestante” en el “archicatólico” Bruckner ).

   Bien se puede afirmar que la Séptima Sinfonía de Bruckner es  una obra monumental cuya construcción caleidoscópica corrobora una narración arquitectónica diferenciada y unida por una red de relaciones motívicas que constituyen toda una constelación, rica y variada, de sonidos con mucho significado:  el significado puro y último de la música.

 Bruckner, al llegar al cielo, tiene un recibimiento triunfal de parte de todos los compositores musicales.

Texto incluido en el libro de autor publicado con el título ESTACIONES EN LA MÚSICA, de la serie Lecturas Mexicanas, de Conaculta, Ciudad de México, 1999.


                                                                                 

Las Andanzas de un Granuja Como Tema Musical


LAS ANDANZAS DE UN GRANUJA COMO TEMA MUSICAL


   Terminado el 6 de mayo de 1895 y estrenado en Colonia, Alemania, el 5 de noviembre del mismo año, el poema sinfónico “Las divertidas travesuras de Till Eulenspiegel” (Till Eulenspiegels lustige Streiche”), opus 28, del compositor alemán Richard Strauss (1884-1949), es una de las obras orquestales más virtuosas y más populares.  La obra está dedicada al Dr. Arthur Seidl, amigo del compositor.  Strauss posee  un estilo musical ecléctico en cierta forma, que transita con brillantez entre un romanticismo tardío (de clara descendencia wagneriana),  un impresionismo a la alemana (es decir, de una polifonía instrumental) y las inevitables influencias de la época mostradas en los pasajes de indefinición armónica o atonales que encontramos en su ópera “Elektra”, todo manifestado con ejemplar elocuencia retórica.

                                                       Richard Strauss

   El legado musical de  Strauss incluye 17 obras musicales para la escena (ópera, ballet, etc.), 14 obras orquestales, 6 obras concertantes, diversas obras de música de cámara y una gran cantidad de canciones.  A sus 31 años, Strauss ya había compuesto algunas de sus obras más populares, como lo son los poemas sinfónicos : “Don Juan” y “Muerte y transfiguración”.  Además, estaba casi recién casado y ya tenía en su haber una posición importante: la de director musical de la ciudad de Munich.  En este contexto parece lógico que Strauss haya seleccionado el tema de Till Eulenspiegel para su siguiente obra musical.

   La historia de este pícaro fue recopilada por el monje franciscano Thomas Murner, quien dice que este simpático pillo nació hacia el año 1300 en la ciudad alemana de Braunschweig.  Strauss intenta primero escribir una ópera basada en este tema e inicia la escritura del libreto, pero abandona la idea una vez que hubo terminado de redactar el primer acto y decide hacer una descripción sinfónica de este personaje cuyas características, como las de todo bribón, eran su falta de respeto por las diferencias de clase y un estilo de vida muy libre.  Till no hacía distingos entre reyes o campesinos, entre religiosos y ateos ni entre cultos e incultos: todos eran víctimas de sus travesuras y se la pasaba sobreviviendo gracias a una gran capacidad para poner en marcha trucos astutos e ingeniosos.  La descripción musical que Strauss hace de Till refleja un sentido de humor incontenible así como una fuerte dosis de escenas sátiro-cómicas; a veces presenta a Till como un payaso que ríe siempre y anda todo el tiempo con un chiste en los labios.  Como el gran maestro de la representación y no de la expresión que fue Richard Strauss, el personaje de Till parece haber sido mandado hacer a la medida de los propósitos de Strauss. Este poema sinfónico da oportunidad a las orquestas de demostrar su virtuosismo en un contexto relajado y desdramatizado en el que la obra transcurre  con desparpajo de un efecto musical a otro, como  transcurren en la historia las travesuras de Till.

      La fuente dedicada a Till Eulenspiegel, en "su" ciudad alemana, Braunschweig.

    Strauss seleccionó la forma musical denominada Rondó, selección que prueba haber sido por demás acertada:  la forma Rondó tiene un tema principal que alterna con otros temas secundarios y por ello resulta apropiada, pues después de cada episodio de travesuras (descrito por un tema secundario), retorna el tema principal de nuestro héroe y con ello nos enteramos de que ha salido incólume de sus andanzas.

   Till está representado por el corno francés, que hace acrobacias para arriba y para abajo.  El corno francés empieza su melodía lentamente como si Till se desplazara  despreocupado con las manos en las bolsas de su pantalón diciendo ¡ Aquí estoy ! ; pero luego nos sorprende acelerando su paso.  Este tema musical que describe a nuestro personaje, Strauss lo hace tocar a varios instrumentos de la orquesta con lo cual nos parece describir a un Till que salta de un lado para otro y que quiere hacerse admirar por todos.  Como la época en la que vivió Till era una en la que todos cabalgaban, Till no podía quedarse atrás; para ello parece haber escogido un burro, pues el caballo le era demasiado elegante.  Iba sobre su burro cuando divisó a lo lejos un gran mercado de plaza que le inspira de inmediato una travesura: le da con sus espuelas al burro y sale disparado arremetiendo con ímpetu contra las mesas y los bancos de los puestos, los jarros y los platos, asustando a las  gritonas mujeres mercaderes, haciendo cacarear a las gallinas y berrear a los borregos para, tras esa gran confusión, huir y detenerse a una distancia segura para disfrutar de sus fechorías.  De inmediato cambia de disfraz y se vista de cura subiendo al púlpito y espetándole a la atónita feligresía una tan tremenda como cínica prédica en la que les reprende por sus maldades.  Tras esto Till parece ser reprendido y advertido por su conciencia: un solo de violín nos sugiere que Till se pregunta si habrá estado bien lo que ha hecho, a lo que los metales responden un tanto amenazantes.

   Pero Till no tiene tiempo para este tipo de reflexiones; su siguiente travesura será una cosa seria: Till se enamora.  Apenas el romance hace “click” (señalado con un golpe del triángulo) y pronto suspiran los violines y los violonchelos.  Cuando Strauss hace decir estas declaraciones de amor a los violines, anota la siguiente instrucción : “derritiéndose de amor”. El romance de Till empieza con gran fogosidad pero rápido se da cuenta de que esta táctica es demasiado tempestuosa y se vuelve más tierno; pero tampoco avanza y obtiene como respuesta de su amada  tremendo bofetón que oímos con toda claridad en el timbal y aunque esto pone furioso a Till, también lo desanima.

   ¿Cómo compensar esta infelicidad en el amor? Till decide volverse filósofo y se inscribe en la universidad. Los honorables profesores son representados por las maderas graves y el peso de su saber los hace bostezar continuamente. 

   Pronto empieza la discusión filosófica y Till barulla sus argumentos como si fuera un esgrimista.  Los catedráticos no están acostumbrados a tal embestida y se preocupan por dar respuestas acertadas pero sólo tartamudean.  La discusión sube de intensidad y los profesores, por su propia inseguridad, gritan cada vez más fuerte, más fuerte como lo hacen los metales y la percusión en la orquesta.  Cuando el ruido de esta discusión alcanza su punto máximo, Till corre feliz y canta de manera insolente una melodía que tiene más carácter cabaretero que universitario.

   Till sale tan bien librado de todas sus pillerías que se crece y siente ser el más grande de todos.  Con esos aires de grandeza y altanería andaba cuando fue aprehendido y llevado a los tribunales, acción que nos describen los amenazantes redobles de los tambores.  Pero Till ni sufre ni se acongoja y le hace saber al tribunal su indiferencia silbando con displicencia (melodía del clarinete requinto).  Entonces el tribunal amenaza con mayor fuerza;  Till quiere defenderse pero el tribunal no lo deja y lo interrumpe de tal forma que apenas se pueden oír sus peticiones.  Y como a grandes males hay que darles grandes remedios, el tribunal emite rápidamente su sentencia : “¡ pena de muerte !” (enunciado por los trombones).  Till es de inmediato llevado al cadalso de donde parece querer huir pero no lo logra; la flauta nos describe el último suspiro de Till.

   En el epílogo de su narración sinfónica, Strauss vuelve al mismo tema con el que lo inició ; parece decirnos de nueva cuenta que “había una vez un chavo bribón”, pero ahora con un dejo de tristeza pues, aunque bribón, también era simpático.  Pero un verdadero  pícaro no puede morir; y así , inesperadamente, la obra termina de manera brillante como si nos dijera que aunque Till muere en el cadalso, ¡ vive para siempre !.

Son pocas las obras instrumentales que contienen una descripción tan explícita como la contiene este op 28 de Richard Strauss.  Resulta interesante notar la frescura y el desparpajo así como el absoluto dominio del oficio de la composición musical con el que  Strauss se comunica en Till Eulenspiegel.  Alguna vez se le inquirió sobre el propósito que perseguía en esta obra y respondió con un desparpajo similar : “sólo he querido que el público que normalmente está serio en los conciertos, por una vez en su vida se ría”.


Texto incluido en el libro del autor publicado bajo el título ESTACIONES EN LA MÚSICA, de la serie Lecturas Mexicanas, Conaculta, Ciudad de México, 1999. 

Música de longitudes celestiales

                                                                      Franz Schubert

MÚSICA DE LONGITUDES CELESTIALES


   Me parece que uno de los genios de la música que no ha sido aún del todo reconocido, es el austriaco Franz Schubert. Nacido en Viena en 1797 ( es decir, seis años después de la muerte de Mozart) y fallecido en esa misma ciudad  en 1828 (un año después de la muerte de Beethoven), Franz Schubert permaneció en la obscuridad casi toda su vida.  Caracterizado por la prudencia y la humildad que, seguramente heredó de su padre, quien fue maestro de escuela, Schubert ni siquiera pudo conocer en persona a Beethoven, a quien adoraba, aunque hayan vivido en la misma ciudad.  A su muerte, Schubert era poco conocido dentro y fuera de la ciudad.

   En términos de producción musical la vida de Schubert presenta muchas similitudes con la vida de Mozart, sobre todo por la vasta producción que nos legó a pesar de su corta vida.  Sería difícil para mí tratar de situar la obra de Schubert en una tabla de diferentes categorías; tratar de hacer eso ante las 600 canciones, los cuartetos de cuerda, las sonatas para piano, los célebres impromptus para piano, las sinfonías, las misas, las demás piezas de música de cámara y hasta los fragmentos operísticos, sería una labor arriesgada por lo injusto de sus resultados  ¿Se atrevería alguien a decir que la canción “La trucha” es mejor que su cuarteto para cuerdas “La muerte y la doncella” o que su Misa en Sol-Mayor o cualquiera de sus sinfonías?; por supuesto que en la pregunta anterior podemos distribuir libremente el orden de las obras mencionadas y seguiría siendo imposible de responder.

   El tener la fortuna de haber sido integrante del hoy famosísimo coro de los Niños Cantores de Viena, le dio la oportunidad de conocer muchas obras maestras de distintas épocas que fueron cultivando en Schubert la que constituye la característica más importante de su obra, es decir la cantabilidad.  Habiendo vivido siempre en un ambiente  por demás modesto, que era lo único que le podía garantizar su posición como maestro de escuela en un suburbio vienés, el dialecto llano vienés era su lengua ordinaria y constituyó una de sus “fuentes de información” no sólo para mantener una gran sencillez en su música sino también para darle la impronta de lo idílico, lo popular y hasta lo pintoresco.

   En gran parte podemos atribuir el “descubrimiento” de Schubert a Robert Schumann.  En un emotivo y conmovedor artículo publicado en la revista Neue Zeitschrift für Musik (Nueva Revista Música, fundada en Leipzig por Schumann en 1834 y aún vigente al día de hoy) que data de 1840, Schumann narra su visita a Viena no sin dejar de mencionar que ningún músico que se precie de serlo, puede visitar la ciudad de Viena y no visitar las tumbas de Beethoven y de Schubert. 


   “Puesto que no me fue concedido saludar en vida a esos dos artistas, a quienes  admiro por sobre todos los artistas recientes, me hubiera gustado haber tenido a mi lado en esas visitas a sus tumbas, a alguien que estuvo cerca de ellos, de preferencia a uno de sus hermanos“,  escribe Schumann en el mencionado escrito.  Describe después la visita que hizo a Ferdinand, hermano de Schubert, quien tenía en su haber muchas de las composiciones de Franz.  La riqueza de obras de Franz que Ferdinand tenía amontonadas en su casa le hicieron rebozar de felicidad; “¿Por dónde comenzar y por dónde terminar?,” se preguntaba Schumann.  “Entre otras obras me mostró  las partituras de varias sinfonías, cuya ejecución había sido rechazada con el pretexto de ser muy difíciles y muy amaneradas.”  Quien sabe cuánto tiempo hubieran continuado empolvándose estas y otras obras de Schubert, de no ser por el pronto entendimiento que encontró Schumann en Ferdinand, lo cual le permitió (a Schumann) enviar la Sinfonía en Do-Mayor (D-944), hoy conocida como “La Grande”, a su amigo Felix Mendelssohn, a la sazón director de los conciertos de la Gewandhaus, de  Leipzig.

   Esta sinfonía, que se presume fue compuesta entre 1825 y 1826, tuvo una revisión por parte de Schubert en marzo de 1828, tras de lo cual la llevó a la Sociedad de Amigos de la Música, de Viena, aspirando a que fuera ejecutada. Los integrantes de la orquesta se negaron a tocarla, quejándose de las dificultades de la pieza y, más aún, de sus dimensiones. Schubert tuvo que recoger los materiales y regresar a casa con su obra; no logró escuchar su sinfonía en vida.

Sobre este penoso acontecimiento, Eduard von Bauernfeld (1802-1890), austriaco, dramaturgo exitoso, autor de comedias y farsas, que formó parte del círculo de amigos de Schubert, cuarenta (40) años después de esa negativa de los músicos vieneses a tocar la sinfonía de Schubert, escribió en sus memorias una escena que, seguramente, se quedó corta en su narración, pues se sabe que todo lo ahí descrito, se expresó en dialecto vienés.

   Esto lo refiere el escritor Friedrich Dieckmann en su libro “Franz Schubert. Eine Annäherung”, quien relata que  “en aquel 1828, a los músicos les pareció que la Sinfonía en Do-mayor, D944, era imposible de tocar; Schubert, en silencio y sonriendo, se resignó al veredicto de lo “intocable” que era su obra. Sabía que tenía el futuro para sí, aún cuando no se le quería abrir. Pero una noche, en la taberna, la provocación se le presenta como lo suficientemente grande para quedarse guardada: la cascada de palabras que les dejó ir a unos frívolos  músicos de orquesta, podría bien entenderse como dirigidas a sus sucesores, lo que caló profundamente incluso en su círculo de amistades.

   Bauernfeld nos narra el episodio acaecido al final de un excursión a las tabernas para disfrutar del vino tempranillo, excursión que terminó en una taberna de ponches.

   “Ya era la una de la mañana cuando se discutía agitadamente sobre música al calor de los ponches. Schubert tomaba vaso tras vaso y se excitó mucho, al grado tal que, hablando más de lo que acostumbraba, nos reveló a Lachner (Franz Paul Lachner <1803-1890>, alemán, compositor y director de orquesta; conoció a Schubert en Viena en 1822) y a mí, sus planes futuros. Pero entonces, una desafortunada estrella guió a un par de artistas, músicos famosos integrantes de la Orquesta del Teatro de la Ópera, a la taberna donde estábamos. Cuando Schubert los vio entrar, de repente enmudeció a la mitad de su impetuoso discurso, frunció el seño y sus ojitos grises brillaron salvajemente bajo sus párpados, que se los tallaba con inquietud. Apenas visualizaron los músicos al Maestro, se dirigieron rapidamente a él, tomaron sus manos y le dijeron mil cosas hermosas, casi lo ahogan con su lisonjería. Al final, “salió el peine”: que deseaban del Maestro una nueva composición para su concierto, con pasajes sofísticos para sus instrumentos. Que, por favor, el Maestro mostrara su complacencia, etc.

   “El Maestro no mostró para nada su complacencia, sino enmudeció. Como los músicos insistieran, respondió: “¡No, nada escribiré para ustedes!”

- ¿Nada para nosotros?, preguntaron perplejos los señores.
- Nada, absolutamente nada.
- Pero ¿porqué, señor Schubert?, respondieron con cierta irritación. “Yo
  creo que somos artistas tan buenos como usted, se sabe que no hay
  mejores en Viena”,   dijeron.
-       ¡Artistas!, gritó Schubert. Bebió con rapidez su último vaso de ponche y se levantó de su asiento. Luego, el pequeño hombre (Schubert) se puso el sombrero y se plantó ante uno de ellos, alto, y ante el otro, virtuoso corpulento, de manera amenazante.
-       ¿Artistas?, les repitió. ¡son unos musiquillos, no más que eso! Uno muerde la boquilla de su tubo de latón y el otro sopla sus cachetes en el corno (Waldhorn): ¿a eso le llaman arte? ¡Es un trabajo manual, una habilidad que les produce dinero, es todo! ¡Ustedes artistas! ¿No saben lo que dijo el gran Lessing? ¿Cómo puede alguien pasarse la vida haciendo no otra cosa que mordiendo un palo con agujeros? ¡Eso dijo! (y girándose a mí, dijo: O algo similar).

   “ Y dirigiéndose de nuevo a ellos: “¿ustedes se asumen como artistas? ¡Sopladores y violinistillos son todos ustedes juntos! Yo soy artista, yo. ¡Soy Schubert, Franz Schubert,  a quien el mundo conoce y nombra! El que ha hecho cosas grandiosas y hermosas, que ustedes no entienden para nada.  ¡Y aún hará cosas más bellas (y girándose de nuevo a mí: ¿vale, hermano?), lo más hermoso! Cantatas y cuartetos, óperas y sinfonías. No soy, pues, sólo un compositor de Ländler (un precursor del vals), como a veces publican los estúpidos periódicos y sobre lo que otros idiotas chismean. Yo soy Schubert, Franz Schubert, para que lo sepan. Y cuando alguien pronuncia la palabra Arte, entonces se habla de mí, no de ustedes, gusanos e insectos, que exigen sus pasajes solísticos que nunca les escribiré: yo sé bien porqué. Ustedes, lombrices arrastradas y roedoras, que quieren aplastar mi pie, el pie del hombre que llega hasta las estrellas: sublimi feriam sidere vertice (y girándose a mí: ¡tradúceles, por favor!): hasta las estrellas les digo, mientras ustedes, pobres lombrices sopladoras se retuercen en el polvo y con el polvo, como polvo se disipan y pudren”

   Tal cascada de palabras, que recuerdo era peor aún, aunque fiel al sentido de lo dicho, dio en la cabeza de los estupefactos virtuosos, que estaban boquiabiertos, sin encontrar una palabra que pudiera responder al Maestro, mientras que Lachner y yo nos ocupábamos de sacar al acalorado compositor de ese escenario con tan desafortunada actuación; lo calmamos y lo llevamos a su casa.

   A la mañana siguiente, corrí a  casa del amigo a ver cómo estaba, pues su estado de la noche anterior me había dejado pensativo. Schubert dormía. Al despertar, me dijo: “¡ah, eres tú!”. Su puso los anteojos y sonriendo amigablemente, casi apenado, me saludó de mano. “¿Dormiste bien?”, le pregunté. Schubert se carcajeó y saltó de la cama. “¿Qué pensará de ti esa gente?”, dije en un tono un tanto paternal. “¡Esos pícaros!”, respondió Schubert, tranquilo y bondadoso. Me dijo: “¿Sabes que esos son los pillos más intrigantes del mundo? También lo son contra mía. Creo que merecieron la lección. Aunque me arrepiento. Pero les escribiré los solos que desean y me besarán las manos”.

   Hasta aquí el relato de Bauernfeld. Dieckmann  lo comenta de la siguiente manera:

“ Se puede uno imaginar que la escena descrita estuvo mucho peor, pues todo se expresó en dialecto vienés. Pero aún así, es una escena preciosa. Schubert, acalorado por el ponche, acosado por las exigencias de una fraternidad mediocre, defiende las exigencias de su obra. Su cólera olímpica avienta a los armarios a quienes se consideran capaces de disponer de él. Claro que al día siguiente le parece todo insensato: necesita de esa gente, de esos a quienes les concedió el honor de decirles lo que piensa de ellos y busca la manera de aplacar la explosión”. (1)

   Descubrir la partitura de esta sinfonía schubertiana en casa de su hermano Ferdinand, permitió a Schumann reconocer en la Sinfonía en Do-mayor, D944, “lo más grande que se haya compuesto después de Beethoven”. Schumann quedó impresionado de lo novedoso de la orquestación, la vastedad y extensión (..."longitudes celestiales...") de la forma musical, así como la manera seductora de variar las expresiones sentimentales de la vida. Schumann se convence que esta sinfonía representa, de manera genuina, la concepción romántica de la forma sinfónica, en la que ve una alternativa al manejo formal de Beethoven, lo cual le fascina. A la vez, Schubert subraya la completa independencia con la que se yergue esta sinfonía en relación con las de Beethoven.

   Schumann se enamoró de la música de Schubert.  En una carta que escribió a Friedrich Wieck (padre de Clara Wieck-Schumann) podemos leer en qué sustenta Schumann su amor por Schubert:   “... Schubert sigue siendo mi “Schubert uno y único”, en especial por tener todo en común con mi “Jean Paul uno y único”; cuando interpreto a Schubert siento como si estuviese leyendo una novela de Jean Paul compuesta en música... No hay música, salvo la de Schubert, tan psicológicamente notable en el desenvolvimiento y asociación de ideas y la impresión de transición lógica que transmite; muy pocos compositores, además han logrado tan bien poner la impronta de una sola individualidad en cuadros tonales tan variados, y aún menos han escrito tanto para sí mismos y su propio corazón.   Mientras otra gente lleva diarios en que registran sus sentimientos momentáneos, etc., Schubert sencillamente tenía hojas de música a mano, a las que confiaba sus estados cambiantes; como su alma estaba inmersa en música, escribía notas donde otra persona recurriría a las palabras... ”

                         Primer número de la Nueva Revista de Música (1834)

   Cuando Mendelssohn dirigió el estreno de la Sinfonía de Schubert en Leipzig, el 12 de diciembre de 1839,  Schumann estuvo allí para atestiguar este momento histórico; es contagiante el    entusiasmo con el que Schumann  describe  esta  experiencia a  su amada Clara: “... Clara, hoy he  estado en el séptimo cielo.  En el ensayo tocaron la sinfonía de Franz Schubert.  ¡Ojalá hubieses estado!  Pues no te la puedo describir; todos los instrumentos eran como voces humanas,  inmensamente llenas de vida e ingenio, y la  instrumentación, sin importar Beethoven... y la longitud, la divina longitud, como una novela en cuatro tomos, más larga que la Novena sinfonía.  Fui enteramente dichoso, sin restarme más deseo que el que fueras mi esposa y el de poder escribir sinfonías así yo mismo ...”

   Terminada en marzo de 1828, ocho meses antes de la muerte del compositor, esta grandiosa sinfonía hubiera sido suficiente para colocar a Schubert entre los grandes pilares del romanticismo musical europeo.  Si ya Beethoven había sacudido al mundo con su Tercera Sinfonía (1810) y sus longitudes terrenales, pues se trataba de la primera sinfonía en la historia de la música que bordaba los 50 minutos de duración, con sus Octava Sinfonía, en Do-Mayor, Schubert logra colocarse, con toda firmeza, en la línea de los grandes sinfonistas del  Siglo XIX.  Se trata de una obra madura, que al estar llena de vida en todos sus células, parece llevar también la semilla de la eterna juventud, una juventud cuyo canto es irresistible, es rico en la descripción de los estados del alma y es vigoroso por lo directo y lo conciso;  un canto que, por lo demás, es positivo y propositivo, pleno de significado y claro en sus intenciones, un canto que uno no quisiera que se acabara.  Tenía razón Schumann cuando comparó la dimensión de esta sinfonía con las longitudes celestiales.

(1) Dieckmann, Friedrich: Franz Schubert. Eine Annäherung”. Insel Verlag, Frankfurt am Main, 1996. Pág. 284-288.


Texto incluido en el libro del autor titulado ESTACIONES EN LA MÚSICA, publicado en la serie Lecturas Mexicanas, del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, México, 1999


El templo vacío





miércoles, 6 de mayo de 2020

Motetes para la Fiesta del Pentecostés


Compuse estos motetes en el invierno de 1974-1975, en Salzburgo, Austria. Por aquel entonces, ya había yo empezado a tomar clases de composición musical con Gerhard Wimberger, quien era asimismo mi profesor de dirección orquestal en la Hochschule "Mozarteum". Desde mi llegada a Salzburgo a principios de septiembre,  1973 y gracias al apoyo que me brindó la Sra. Helga Stöckl, de la oficina de apoyo estudiantil de "Mozarteum", conseguí alojamiento en el castillo Frohnburg, en las afueras de la ciudad, habilitado como residencia estudiantil de "Mozarteum". Por cierto: en ese castillo se filmaron escenas de la película "The Sound of Music". Fue ahí donde compuse estos motetes.
Estas piezas están incluidas en la antología de música coral de mi autoría, "Enturia, enturia", publicada en 2013.








                                                              Schloss Frohnburg

Brahms, exégeta de la esperanza


BRAHMS, EXÉGETA DE LA ESPERANZA
 por Sergio CÁRDENAS 

   A     Elvira    Gascón


   La cantata “Amadísimo Dios, ¿cuándo moriré?, escrita para el decimosexto domingo después de la Fiesta de la Trinidad y que lleva el número 8 en el catálogo de las obras de J. S. Bach (1685-1750), era una de las obras preferidas de Johannes Brahms (1833-1897), según leemos en sus biografías.   Pero los integrantes del coro vienés Singverein, del que Brahms fue director de 1872 a 1875, ya estaban un tanto hartos de ella.  Uno se puede imaginar porqué: en la época en la que los valses y las polkas de la dinastía Strauss hacían furor en Viena, con su imperturbable gozo de vivir, Brahms hacía cantar a sus coristas la cantata bachiana referida . . . ¡ cada vez que él se sentía feliz !  Esta ‘incompatibilidad’ en el concepto de la felicidad, que Brahms enfatizaba de manera especial, contribuyó en gran medida a la separación de Brahms de su puesto como director de ese coro.

   Es precisamente esta ‘incompatibilidad’ la que distingue a “Un Requiem Alemán” (Ein deutsches Requiem), de Brahms, de todos los otros ‘Requiem’ de la literatura musical, excepción hecha de las “Exequias Musicales”, de Heinrich Schütz (1585-1672), su antecesor directo.  La distinción es, en lo fundamental, de origen teológico: para los luteranos Schütz, Bach y Brahms, la muerte no equivalía a enfrentar el horror del juicio final, sino a la convicción de la resurrección cristiana que lleva a la paradisíaca vida eterna.  Así, el cristiano luterano o protestante, no sólo no le teme a la muerte, sino que la entiende como el último peldaño de la escalera que lleva a la vida eterna.  La ‘incompatibilidad’ entre Brahms y su coro existía también en la concepción de la felicidad en el tiempo: los coristas vieneses preferían el momento inmediato de la felicidad; Brahms propone la felicidad del futuro a partir de la del presente.

El manuscrito de Brahms, con los textos para "Un Réquiem Alemán", 
seleccionados por él mismo.

   Esto lo notamos en la meticulosa selección que él mismo hizo de los textos bíblicos que resumen su postura ante la muerte, tal y como está plasmada en “Un Requiem Alemán”. Por cierto que esta selección denota un profundo conocimiento de las Sagradas Escrituras, que Brahms leyó devotamente a lo largo de su vida.   Es interesante observar que, además de la Biblia, las lecturas brahmsianas se integraban con obras de Goethe, Schiller, Lessing, Lichtenberg, Cervantes, Boccaccio, Shakespeare, Tieck, Byron y Keller, a juzgar por lo incluido en el inventario que de su herencia se levantó el 12 de mayo de 1897.

   Percibo en Brahms al teísta no confesional ni, mucho menos, litúrgico.  La conformación del ‘libretto’ del Requiem Alemán refleja una postura, una personalísima convicción, no una concesión confesional  ni la asunción de posturas definidas por otros, lo que, además, constituye un acto individualista, tan característico del romanticismo.  El pensamiento teológico de Brahms trasciende el tiempo lineal que impondría una rigurosa secuencia cronológica del pensamiento bíblico, con lo que, de paso, nos muestra la unidad del pensamiento bíblico: ora  se expresa a través del salmista, ora a través de las epístolas apostólicas; ora lo hace a través de un profeta mayor (Isaías), ora con textos del Evangelio.   Sólo le faltó incluir el protoevangelio del Génesis para cerrar el círculo cuando toma la voz del apóstol San Juan de las visiones apocalípticas.
   
En todos estos textos encontramos una constante: la contagiante fe (“La fe es garantía de lo que se espera, la prueba de las realidades que no se ven”, leemos en la epístola paulina a los hebreos) en la resurrección que nos lleva de regreso a una vida eterna, sin corrupción y sin sufrimiento, en la ciudad del futuro que es la morada divina.  Es sobre esa fe sobre la que ha descansado siempre la esperanza cristiana.

   Así, “Un Requiem Alemán” es más una visión de la beatífica vida eterna que un recordatorio del juicio final, tan exaltado en los demás ‘Requiem’ por el énfasis que otorgan al “Dies irae”, el día de la ira.  El Dios que nos presenta Brahms no es el del oráculo amenazante y terrorista ni el ajustador de cuentas.  Es un Dios del consuelo y del regocijo, un Dios que brinda amor y genera esperanza, un Dios creador de la vida para quien la muerte no es cesación de la vida sino un sueño, del que los redimidos despiertan transformados para gozar de la vida eterna en las amorosas moradas de Yahvéh.

   Por lo demás Brahms nos revela su actitud cristiana no confesional evitando la mención específica de Jesucristo, quien aparece sólo por referencia o al citar sus palabras.  Por ello insisto en el teísmo brahmsiano, aspecto que, me parece, confiere universalidad religiosa a esta obra suya, no limitando su mensaje y/o comprensión a la comunidad cristiana, aunque, inequívocamente, su fundamento teológico es de claro perfil cristiano, si bien no cristocéntrico.  En “Un Requiem Alemán” Dios es el gran estratega de la victoriosa vida eterna, estrategia que es resultado de su amor al mundo, como lo sintetiza el evangelista San Juan: “Porque tanto amó Dios al mundo, que dió a su hijo único para que todo el que crea en él, no perezca, sino que tenga vida eterna” (S. Juan 3:16).

   El primer coqueteo brahmsiano con la idea de escribir una Requiem, data de 1856, cuando contaba apenas 23 años de edad.  En ese año había muerto su admirado descubridor, promotor y benefactor, el compositor alemán Robert Schumann (1810-1856), quien tres años antes, literalmente lo catapultó como la nueva estrella del firmamento musical europeo.  Brahms pensaba, entonces, hacer realidad un proyecto que encontró en los cuadernos de trabajo de Schumann.  A partir de entonces y hasta 1868, Brahms trabajó en su Requiem, cuya composición fue afectada por el fallecimiento de su madre en 1865.  El 1 de diciembre de 1867, “Un Requiem Alemán” fue pre-estrenado en Viena (  se tocaron únicamente las tres primeras partes  ).  Algunos consideran el Viernes Santo  (10  de  abril)  de  1868,  la  fecha  del estreno de la obra (en la catedral de Bremen), aunque a esta ejecución le faltó la quinta parte (Tenéis tristeza…), compuesta el mes siguiente.  No fue sino hasta el 18 de febrero de 1869 que “Un Requiem Alemán” recibió su estreno en su actual y definitiva estructura de siete partes, en la legendaria sala de conciertos Gewandhaus, de Leipzig, Alemania.

                      Brahms, en la época de composición de "Un Requiem Alemán"

   Además de la enjundia teológica a la que me he referido, “Un Requiem Alemán” es, de igual manera, de una contundente enjundia musical.  Es una obra madura y profunda, a pesar de haber sido terminada cuando el compositor contaba apenas con 35 de los 64 años que vivió.  Las fuerzas musicales que se requieren para su ejecución son: dos solistas vocales ( soprano y barítono), coro y orquesta (  esta última de diferentes dimensiones, según lo vaya demandando la exégesis musical del texto bíblico  ).  La obra es una verdadera ‘tour de force’ para el coro, aunque también altamente gratificante.  Se requiere de un grupo que doble en número de integrantes a los que conformen la orquesta, pero manteniendo la transparencia sonora, la versatilidad vocal, la precisión en la afinación e, idealmente, el involucramiento en lo que se canta.

   La escritura orquestal, por su parte, es de igual manera exigente, explotando a sus anchas las sonoridades características del romanticismo brahmsiano, en un contexto que demanda flexibilidad para cambiar constantemente del papel protagónico (  es decir, de ser el texto tras el texto  ) al complementario; para dialogar con las voces, transformándose en hermeneuta al enfatizar o subrayar las distintas dinámicas de la fe contenidas en el ‘libretto’ bíblico.  De los solistas vocales se espera, sobre todo, una honestidad musical y espiritual en lo que tienen que decir y no limitarse a entonar las notas musicales asignadas.  Sus intervenciones son cortas, relativamente  (  la del barítono es la más larga  ), y con pocas exigencias vocales extremas.

   Brahms ha dividido su Requiem en siete partes.  La estructura descansa en una balanceada simetría musical, con las correspondientes concomitancias del texto.  Si el punto de partida (  No. 1, ‘Benditos son los que lloran‘  ) está escrito en Fa-mayor, el punto del destino (  No. 7, ‘Benditos son los que mueren en el Señor de ahora en adelante’  ), también está en Fa-mayor y recoge, en su última sección, las principales ideas musicales del No. 1.  La Marcha Fúnebre (  en realidad,   es  una  zarabanda  cargada  de  dramatismo  )  que abre la parte No. 2  ( Pues toda carne cual hierba es … ) en si-bemol-menor, desemboca, tras un paréntesis en Sol-bemol-mayor  (  Tened, pues, paciencia  ),es decir, en la región tonal napolitana en relación al punto de partida,  en  un  hímnico  si-bemol mayor  (  Los redimidos del Señor volverán …).  Un camino similar se recorre en la parte No. 6,  que inicia con sombríos pasos marciales que rastrean, en do-menor, la ciudad del futuro (  Ciudad permanente no tenemos aquí  ), para, tras breve intervención profética del barítono (  Ved, os revelo un misterio  ), convertirse en una especie de danza macabra (  siempre en do-menor  ), que, a su vez, nos lleva a una fuga majestuosa, de claro perfil hímnico-cósmico, en Do-mayor ( Dios, eres digno de recibir honor  ).  La función tonal de estas dos partes, ( 2 y 6 ), es la de subdominante y dominante, respectivamente.

   La parte No. 3 (  Dios, hazme saber que mi vida tiene un fin  ) inicia con una conmovedora plegaria del barítono, en re-menor ( región tonal de relativa menor de Fa-mayor ), que nos llevará a una ferviente fuga en Re-mayor  ( Las almas de los justos están en manos del Señor  ), con la que concluye esa sección.  La parte No. 5 (  Tenéis tristeza, pero yo os consolaré ), en Sol-mayor,  (supertónica de Fa-mayor  ), cautiva con su angelical solo de soprano, que traza una tersa línea melódica sobre un ‘tapete’ coral-orquestal en el que el coro participa en el más puro estilo de las tragedias griegas (  como conciencia, explicando el devenir  ), con intervenciones que deben sonar como se le instruye a la orquesta desde el inicio de esta parte: ‘con sordino’.

   El corazón de ‘Un Requiem Alemán’ lo constituye la parte No. 4 (  Cuán amables son tus moradas…  ), escrita en la tonalidad de Mi-bemol-mayor que, en el contexto de Fa-mayor, pertenece a “otro mundo” armónico:  Las moradas divinas son ese otro mundo al que se hace referencia.

   Encuentro en “Un Requiem Alemán” una propuesta contraria a la tradicional dramatización de la intercesión en favor de las almas de quienes han dejado esta vida, pero partidaria del enfrentamiento y discusión con la muerte, una discusión en la que la trompeta no recibe el encargo de anunciar el juicio final, sino de anunciar la redención última del hombre (recordamos aquí, análogamente, el uso que Beethoven (1770-1827) hace de la célebre señal de la trompeta en su ópera ‘Fidelio’), una redención fundada en la gracia divina que confirma la convicción de la inmortalidad del espíritu y de la victoria sobre la cesación de la existencia en el tiempo y en el espacio ( en su ensayo “Sobre la Historia”, Bertrand Russell escribe: “sólo lo muerto existe plenamente”)

   En su discurrir, Brahms evalúa el tránsito del creyente por esta vida hacia la otra vida (“el origen de la religión está en la dicotomía del hombre entre su apariencia real y presenta, y su esencia irreal no-presente”, escribe el filósofo Ernst Bloch) y lo presenta con una plasticidad y pintoricidad, hasta ahora inigualadas, en la musicalización de los textos bíblicos.  Estos textos son ora suaves, ora duros; líricos y épicos, estáticos y dinámicos, proféticos y corroborantes, sencillos y profundos, presentes y escatológicos.  Brahms escribe una música gestual que sugiere una íntima correspondencia con la palabra y que cuando ésta ya no da para más, la complementa extendiendo su sentido.

   La decrepitud de la existencia humana, por ejemplo, es abordada de manera directa y realista en la segunda parte del Requiem brahmsiano: la nota ‘fa’, que fue el centro tonal y la nota final de la primera parte, es usada como pivote (  de servir como tónica, ahora sirve como dominante ) para iniciar una marcha fúnebre en si-bemol-menor, para gran orquesta, con una fuerte carga dramática que la hace angustiante y agitante (  es fundamental, en términos de la exégesis musical, el papel que aquí se les asigna a los timbales, que con sus sonoridades  contribuyen a la dimensión espacial que percibimos en esta música).

   Esta Marcha Fúnebre, que empieza queda y de inmediato intensifica su densidad armónica, es en realidad una zarabanda (danza barroca de metro ternario cuyos orígenes, según los musicólogos, se ubican ¡ en México ! ) transformada en danza lenta, con alargamiento del tercer tiempo, efecto que da la impresión de encontrarnos ante un trastocamiento del orden de las tensiones y distensiones característico de un metro ternario.  La verdad es que Brahms quiere acentuar el dramatismo yuxtaponiendo planos métricos, lo que sucede al momento de la entrada del coro (Pues toda carne, cual hierba es; y todo el esplendor del hombre, como flor de hierba.  Se seca la hierba y la flor se cae. ), cuya frase musical exige que el peso musical caiga sobre el primer tiempo del compás.  Es decir, mientras la orquesta enfatiza el tercer tiempo, el coro enfatiza el primer tiempo de cada compás.

   La crudeza del texto es realzada por Brahms al presentarlo dos veces seguidas, la primera en ‘pianíssimo’, a media voz, y la segunda, tras un arrollador ‘ crescendo’ orquestal, en ‘fortíssimo’.  Notamos en esta segunda presentación cómo al entonar el texto “... y todo el esplendor del hombre, como flor de hierba  ”, la intensidad disminuye drásticamente, reduciendo el aparato orquestal, que se adelgaza para corresponder al texto “se seca la hierba y la flor se cae”.

   Pero, ¿tiene solución esta decreptitud?.  Sí, nos dice Brahms.  El teólogo Johannes Metz reflexiona: “nuestra vida aquí es una especie de sala de espera”.  Brahms recurre al apóstol Santiago y nos aconseja: “Tened, pues paciencia, amados hermanos, hasta la venida del Señor.  El labrador espera el precioso fruto de la tierra y con paciencia aguarda recibir la lluvia temprana y la tardía”.  La música, un poco más movida que la marcha fúnebre pero siempre en metro  ternario, se vuelve confortante y tranquilizante  (  está escrita en Sol-bemol-mayor, partiendo del si-bemol con el que concluye la sección anterior, que es usado como nota pivote), con un tratamiento vocal e instrumental que parece darnos unas palmaditas en la espalda para infundirnos aliento.  En esta música ya no encontramos las contradicciones (yuxtaposiciones) métricas del segmento anterior; es, digamos, una música ‘sin problemas’.

   El sentido del balance dramático-musical de esta segunda parte del Requiem Alemán lleva a Brahms a repetir (en música,  diría acertadamente Sergiu Celibidache, no existe la repetición, pues el retorno de una frase musical se da en terrenos previamente fecundados) la marcha fúnebre, lo que constituye un recordatorio de que, a pesar de las palmaditas en nuestra espalda, todavía estamos en este mundo.

   ¿Cómo resistir esta decrepitud ? ¿Cómo sostener la esperanza del labrador, a la que se refiere Santiago apóstol?  Brahms tiene  la respuesta: irrumpe con un poderoso Si-bemol-mayor que de golpe niega el si-bemol-menor de la Marcha Fúnebre y, ‘un poco sostenuto’, hace pregonar al coro un axioma teológico que contrasta fuertemente con la finitud del esplendor del hombre: “Más el Divino Verbo permanece en la eternidad .... el eterno gozo estará sobre las cabezas de los redimidos ...”.  Se trata de una música vigorosa, jubilosa y gozosa, convincente y contagiante que culmina, transfigurada y gloriosa, en un ‘tranquillo’ que ya no cambiará, efecto representado musicalmente al permanecer el resto de esta parte sobre un si-bemol (punto pedal de contrabajos, tuba y órgano) inamovible.  El mero último gesto musical del coro (Eterno gozo ... ), tiene un trazo  casi  idéntico  con  el  mero   último  de  la primera parte, cuando entona “(serán) consolados”, y con el mero último de la séptima parte, donde canta “son benditos”.

   En el siglo XIII, el teólogo católico Tomás de Aquino escribió lo siguiente: “El hombre no tiene un fin último natural ni un fin último sobrenatural; él tiene sólo un único fin último: el futuro prometido por Dios”.  Otro teólogo, Paul Tillich, siete siglos más tarde agrega: “La esperanza es la voz del ser esencial del hombre”.  Me parece que el poderoso Requiem brahmsiano sobrepasa, con mucho, las reflexiones de Tomás de Aquino y de Tillich, pues dispone del recurso de la comunicación musical, que va más allá de la comunicación verbal.  En su Requiem, Brahms hurga en el ‘logos’ de la esperanza (de nuevo San Pablo: “una esperanza que se ve, no es esperanza, pues ¿cómo es posible esperar una cosa que se ve?  Rom. 8:24) que habita en la teología y en la escatología, en la esperanza que esta anidada en el fondo de nuestra alma y en nuestra cotidiana inmediatez,  en la esperanza que define y sustenta nuestra existencia.  Los ojos del alma brahmsiana han oído la esencia de la esperanza y nos la presenta con una argumentación teológico-musical plausible y seductora, compartiente e inducente, rebosante de aliento y convicción.  En “Un Requiem Alemán” Brahms se volvió exégeta de la esperanza.

Primera página de la partitura manuscrita de la sección 7 de "Un Réquiem Alemán": "Benditos son los muertos que en el Señor mueren".

   Concluyo citando la plegaria davídica que Brahms seleccionó para la tercera parte de su Requiem, en la versión de la Biblia de Jerusalén: “Hazme saber, Yahvéh, mi fin, / y cuál es la medida de mis días, / para que sepa yo cuán frágil soy. / Oh sí, te bastan palmos para contar mis días, / mi existencia cual nada es ante ti; / solo un soplo, todo hombre que se yergue, / nada más una sombra el humano que pasa, / sólo un soplo las riquezas que amontona, sin saber quién las recogerá.  / Y ahora,  Señor,  ¿qué puedo yo esperar?  En ti  está  mi esperanza.” ( Salmo 39:5-8).
                                                                       Guanajuato, Gto.; el 10 de septiembre, 1997.  

Texto incluido en el libro: CÁRDENAS, Sergio: Estaciones en la Música, Lecturas Mexicanas (Conaculta), Ciudad de México, 1999, pág. 84-91.
     




Foto en la Sala Principal del Palacio de Bellas Artes (CdMx), el día de la presentación en español de "Un Réquiem Alemán", de BRAHMS, con los Coros del CNM, Convivium Musicum  y Oratorio, de la AMEN, en el marco del Festival Brahms de la Orquesta Sinfónica Nacional de México.
La crítica sobre la primera presentación publica de mi traducción de "Un Requiem Alemán", que se llevó a cabo en un concierto de la Orquesta Sinfónica Nacional de México, en el Palacio de Bellas Artes, con la colaboración del Coro Oratorio, de la A.M.E.N. , el Convivium Musicum y del Conservatorio Nacional de Música, así como de los maravillosos solistas ROSARIO ANDRADE (soprano) y ROBERTO BAÑUELAS (barítono).